miércoles, 1 de septiembre de 2021

 JOSIAH WARREN,
EL PRIMER ANARQUISTA AMERICANO, 
POR WILLIAM BAILIE (Capítulo V).


CAPÍTULO V

ACTIVIDADES VARIAS

En marzo de 1831, Warren regresó a Cincinnati para comenzar los preparativos de su siguiente movimiento, una aldea de Equidad. Comenzó por investigar cuáles serían las ramas de la industria de mayor utilidad para una nueva comunidad. No teniendo fe en la cooperación de los capitalistas en los movimientos reformistas, creía que la obra debía ser hecha por aquellos que no tenían más que sus manos, su tiempo y sus necesidades. Pero ¿cómo estas personas podrían estar disponibles? Para responder a la pregunta, este infatigable reformador inició una serie de experimentos prácticos en la herrería, la carpintería, la construcción de casas, el hilado a máquina y la elaboración de diversos artículos de primera necesidad. Pero lo más importante de todo fueron sus esfuerzos por simplificar y abaratar el arte de la impresión.

El año 1832 Cincinnati fue azotada por una epidemia de cólera. Sin tener ningún entrenamiento como médico, Warren se dispuso, de inmediato, a echar una mano a sus conciudadanos. Utilizó sus habilidades mecánicas para imprimir miles de folletos con instrucciones para combatir la terrible enfermedad. La información -los primeros síntomas de la enfermedad, los primeros auxilios, el mejor tratamiento- la obtuvo de las obras de un médico escocés, el Dr. James B. Kirk, una autoridad reconocida en la materia. Imprimió las hojas por su cuenta en una pequeña imprenta inventada por él mismo, y las distribuyó durante varios meses por toda la ciudad. Su hijo, el ahora capitán G.W. Warren de Evansville, Indiana -por entonces un muchacho de seis o siete años que solía ayudar a su padre en estas misiones- todavía recuerda el placer que experimentó el autor de sus días  cuando un ciudadano bien conocido, encontrándolo en las calles comprometido en su humanitaria tarea, lo detuvo, lo felicitó y le agradeció calurosamente. El capitán Warren afirma que el gobierno de la ciudad aprobó, posteriormente, una resolución de agradecimiento a su padre. Pero los registros públicos de la ciudad han sido  destruidos por el fuego y no hemos podido obtener ninguna copia de la resolución.

Durante este período, la música  fue la ocupación regular de Warren, siendo a menudo solicitados sus servicios como director de banda. Los masones y los miembros de otras órdenes fraternales solían celebrar funerales públicos para aquellos de sus hermanos que hubiesen sucumbido a la epidemia y en dichos funerales, que ocurrían casi todos los días, solía verse a Warren a la cabeza de la banda, tocando la marcha fúnebre. Tanto gracias a este trabajo profesional como a su dedicada labor en la impresión y distribución de folletos, el reformador era, por entonces, una figura popular en las calles de Cincinnati.

En enero de 1833 apareció The Peaceful Revolutionist ("El Revolucionario Pacífico"), el primer periódico de Warren, pero no sobrevivió al mismo año. Era un semanario de cuatro páginas dedicado a los principios de la Equidad, de tipografía y diseño amigables y amenos. Tan primitivos en este tiempo eran sus recursos y tan maravillosos su habilidad e ingenio que las placas de impresión se fundieron en el mismo fuego donde su esposa preparaba las comidas familiares. La imprenta que utilizó fue de su propia invención y con sus propias manos hizo los tipos. No sólo escribir e imprimir sino, también, construir la imprenta.  ¿Hubo alguna vez una empresa más autosuficiente? ¡Qué entusiasta devoción a una idea, qué decisión apasionada se mostraron aquí!

Hagamos una pausa para imaginar la vida que, hace ya setenta años, llevaba este hombre a la vez notable y modesto. Viviendo en una región remota y escasamente poblada, sostenía a su pequeña familia con su trabajo como músico de banda. Al mismo tiempo, su corazón se hallaba absorbido por los movimientos dedicados al bienestar general. Sus talentos estaban dedicados a la causa y sus momentos libres ocupados en invenciones destinadas a simplificar y  abaratar el arte de la impresión, en interés de la propaganda. Y, a pesar de que no buscaba ventajas personales ni lo movían intereses materiales, nunca se presentó a sí mismo como un filántropo, nunca pensó en su incesante actividad como un "sacrificio".  Lo impulsaba una simple y cálida simpatía por el prójimo y, a través de todas las vicisitudes y decepciones, mantuvo firme su fe en la regeneración final de la humanidad.

El condado de Tuscarawas, en Ohio, fue elegido como el lugar en el que surgiría la primera aldea de la Equidad. El pionero y sus amigos compraron cuatrocientas acres de tierra y así, a principios de 1835,  cerca de media docena de familias, incluyendo a los ya mencionados adherentes de Spring Hill, tomó posesión de la finca. Lamentablemente, al poco tiempo se descubrió que, en este lugar, la malaria y otros males eran endémicos, a pesar de lo cual se llegaron a edificar un aserradero y varias casas. Pero los colonos no se atrevían a invitar a otras personas mientras la influenza y la malaria los enfermaban y diezmaban. La idea de construir una comunidad en esta región fue abandonada pero, habiendo invertido hasta su último dólar en terrenos y construcciones, no podían salir de inmediato y pasaron casi dos años hasta que consiguieron casas en otros lugar e incluso entonces sólo pudieron abandonar tan malhadado paraje sacrificando casi todo su trabajo e inversiones.

En esta ocasión, Warren no había chocado con los hombres sino con los elementos y, como era de esperarse, se consideró derrotado pero no vencido. En 1837 volvió a New Harmony, la comunidad de Owen, que, a pesar del fracaso del comunismo, se había convertido en una ciudad próspera.

Sin embargo, la semilla de la utopía y el descontento social arrojada por Robert Owen nunca murió y, cada cierto tiempo, rebrotaba en olas de entusiasmo comunista. Diez o doce años más tarde, cuando los acontecimientos de 1825-26 en New Harmony habían sido olvidados, el esfuerzo cooperativo tomó la nueva forma del fourierismo, cundió la propaganda de los entusiastas del falansterio y la región vio pronto multiplicarse a las falanges y comunidades. La causa encontró en Horace Greeley un entusiasta patrocinador en la prensa. Aquellos fueron, también, los años en que se desarrolló el experimento de la Granja Brook, cuya fama perdura hasta hoy en la literatura americana. Hasta que esta ola se calmó y los comunistas sinceros pero equivocados aprendieron la inevitable pero melancólica lección, el reformista individualista decidió guardar silencio y mantenerse al margen. Luego pasó algunos años en actividades mecánicas, durante las cuales inventó la prensa de cilindro.

 



 JOSIAH WARREN, EL PRIMER ANARQUISTA AMERICANO,

POR WILLIAM BAILIE (CAPÍTULO IV).


CAPÍTULO IV

ESFUERZOS EDUCATIVOS

Vivía en Spring Hill, cerca de Massillon, Ohio, un grupo de cuatro reformadores que dirigía una escuela de trabajo para chicos. Estos hombres, originalmente comunistas, habían cambiado sus puntos de vista gracias a su trato con Warren. Los mismos esperaban pacientemente que se cumplieran los tres años en los que se habían comprometido a dirigir la escuela para unirse al reformador de Cincinnati en su experimento de una aldea libertaria. Con estas almas honestas, Warren decidió aprovechar el tiempo e inició experimentos diseñados para probar la viabilidad de aprender oficios sin largos periodos de instrucción. Él mismo tomó lecciones de fabricación de carretas, volviéndose un trabajador competente en poco tiempo y estimuló a algunos de los niños para que aprendan zapatería y otros oficios. Los niños fueron tratados de acuerdo a los principios de la Equidad y la Soberanía Personal. Se les permitió asumir la responsabilidad por su propia formación y, al verse librados a sus propios recursos, formaron hábitos de pensamiento y decidieron por sí mismos. También, en ocasiones, solicitaron consejos que recibieron con gratitud y pagaron equitativamente el trabajo de sus maestros con su propio trabajo. Este sistema funcionó, pues los intereses  y las capacidades innatas de los muchachos fueron despertadas y aprendieron más en una semana de lo que solían aprender en un año por el método común de la instrucción forzada.

Los propios hijos de Warren estaban entrenados en los hábitos de la industria y la autosuficiencia. El más asombroso ejemplo de los beneficiosos resultados de sus Principios fue su hijo George. A los cuatro años el niño aprendió a usar herramientas de carpintero. A los siete años aprendió a maquetar y compuso un pequeño libro con páginas de una pulgada cuadrada. Siempre procedió como un niño, explorando todos los campos de conocimiento abiertos a él. Era músico y, a los diecisiete años, comenzó a enseñar para vivir. A los dieciocho años construyó un órgano a partir del material en bruto. Se vendió al precio de mercado de tales instrumentos. Siendo un buen trabajador de la madera, construyó la mejor palizada de la ciudad. Era también un experto en el uso del lápiz y el pincel y ganó también algún dinero pintando algunos de los más artísticos carteles de esta parte del país. A los diecinueve años, el joven era considerado uno de los mejores directores de orquesta del Oeste. Cuando tenía veintiún años, fue nombrado compositor de música de banda y siempre fue un intérprete consumado de clarinete, trompa, trombón, saxcorno, corneta, violín y violonchelo. También aprendió a hacer escritorios  y se convirtió en un fabricante exitoso.

El siguiente pasaje de Comercio Justo (Segunda edición, página 50) resume las opiniones de Warren sobre los principios que deben observarse en la educación de los jóvenes y muestra lo adelantado que se encontraba respecto de su generación tanto en éste como en otros temas:

 

"¿Qué es la educación? ¿Cuál es el poder de la educación? ¿En quién confiamos el tremendo poder de formar los caracteres y determinar los destinos de la futura generación?  El poder educativo existe en todo lo que nos rodea. Si el objetivo de la educación es formar a los niños para la vida adulta, entonces la educación debe basarse en aquellas prácticas y principios que se les exigirán en la vida adulta. Si queremos que, en la vida adulta, practiquen la equidad unos con otros debemos tratarlos equitativamente. Si queremos que respeten la propiedad de los demás, debemos respetar su propiedad. Si queremos que respeten las peculiaridades individuales y la libertad de los demás, debemos respetar sus peculiaridades individuales y su libertad personal. Si queremos que conozcan y reclamen, en la edad adulta, la justa recompensa de su trabajo,  debemos darles la justa recompensa de su trabajo en la infancia.

Si queremos capacitarlos para que sepan valerse por sí mismos en la vida futura, tenemos que darles la posibilidad de hacer lo mismo en la infancia y en la juventud. Si queremos que, en la edad adulta, sean capaces de autogobernarse, debemos darles la oportunidad de gobernarse a sí mismos en la infancia. Si queremos que se gobiernen racionalmente, teniendo en cuenta las consecuencias de sus actos, ha de permitírseles que, también durante la infancia,  sufran las consecuencias de sus actos. Los niños son, principalmente, hechuras del ejemplo. Si les maltratamos, ellos se maltratarán unos a otros. Si ven que nosotros intentamos gobernarnos mutuamente, ellos imitarán la misma barbarie. Si, por lo general, respetamos la soberanía personal en cada uno y en ellos, se volverán igualmente respetuosos de nuestros derechos y de los derechos de los demás”.

 

 



 JOSIAH WARREN, EL PRIMER ANARQUISTA AMERICANO,
POR WILLIAM BAILIE (CAPÍTULO III).


CAPÍTULO III

RELACIONES CON ROBERT DALE OWEN

Tal como les ocurre a todos aquellos que trabajan seriamente por la justicia en las relaciones humanas, también Warren sufriría muchas decepciones, también vería frustradas muchas de sus esperanzas y también vería muchas prometedoras plantas arrancadas de raíz antes de alcanzar el éxito. No menos entusiasta por la misma causa era Robert Dale Owen, quien, cuando Warren estaba repleto de ideas sobre una aldea cooperativa, lo contactó en Cincinnati. Owen era rico y, en asociación con Frances Wright, era por entonces editor y propietario de un influyente órgano de reforma social, The Free Enquirer, publicado en Nueva York. Manifestó mucho interés en los puntos de vista de Warren, lo invitó a Nueva York y se ofreció a proporcionar lo medios para fundar, en esa ciudad, una institución dedicado al comercio equitativo, señaló el bien que podría ser logrado por la prensa y otros medios de propaganda y educación que él controlaba y sugirió, también, la posibilidad de ayudar en la formación de comunidades basadas en la equidad y la soberanía individual.

Ganado por completo por el entusiasmo y la generosidad de Owen, Warren se dirigió a Nueva York a mediados del año 1830. Allí conoció a Frances "Fanny" Wright, la primera mujer abolicionista. Conferencista popular y convincente, reformadora lúcida y valiente, escritora erudita y poderosa, era una fuerza digna de ser ganadas a los Principios. Wright no era comunista, aunque había pasado algún tiempo con Robert Owen en New Harmony. Sus inclinaciones intelectuales eran individualistas y Warren encontró en ella una oyente muy comprensiva. Simpatizaron de inmediato y, a partir de entonces, su trabajo fue inspirado por la filosofía social de Warren.

En aquel momento, ella escribía la mayoría de los editoriales de The Free Enquirer y muy pronto la influencia de Warren se hizo patente en los mismos. En una serie de artículos sobre "La riqueza y el dinero" podemos rastrear esta influencia rindiendo, en el séptimo de los mismos, con fecha del 23 de octubre de 1830, un tributo a Josiah Warren del cual  cito el siguiente pasaje:

"Retirado en Cincinnati, pasó dos años en un experimento que, tanto por la silenciosa y humilde perseverancia con la que fue conducido como por las importantes verdades que aclaró, debe tener pocos paralelos en la historia. Sin dinero, respaldos ni influencias, sin ningún apoyo fuera de su propia convicción en el valor de su principio y de las consecuencias beneficiosas que la práctica del mismo traería a todos, explicó con perfecta claridad la posibilidad de vivir en la abundancia utilizando sólo un tercio del trabajo que hoy se usa y librándonos de la angustia que hoy, inevitablemente, conllevan los intercambios monetarios".

 

"Pero las ventajas materiales de este nuevo principio de comercio constituyen tan sólo la mitad de sus virtudes. Toda mente inteligente y bienintencionada descubrirá, también, sus ventajas morales. No sólo constituye un estímulo honesto a la industria sino que elimina toda tentación de fraude y toda posibilidad de especulación ruinosa y corruptora. Abre a cada ser humano el camino de una independencia honesta y libera tanto a la juventud como al bello sexo de la opresión y el abuso que hoy pesan sobre su trabajo. Tiende una mano, también, al marginado y al vagabundo, estimulándolos al trabajo honesto y liberándolos de la condena social y de la suspicacia del fariseo. Por último, devuelve a la raza humana su primer derecho natural, la libertad individual, completa e igual para todos".

Durante este período Warren fue discreto y modesto -como, en general, lo fue durante toda su vida- y su firma apareció en el periódico muy pocas veces. Las notas del Free Enquirer sobre el intercambio equitativo de trabajo (julio de 1830) están firmadas "J. W.". También lo está una pieza satírica sobre los políticos, los legisladores y los tribunales de justicia en la que Warren demuestra, a la vez, humor y sentido común. Por aquellos tiempos, el New York Daily Sentinel publicó un editorial llamando la atención sobre las nuevas ideas de "un individuo de Cincinnati", ideas a las que recomendaba como la única solución posible a los problemas laborales y sociales, ilustrando los Principios con un diálogo en el que el reformador respondía a algunas objeciones.

Los compromisos previos de Owen fueron retrasando el cumplimiento del plan que llevó a Warren a Nueva York. Además, Owen tuvo que ir a Europa donde permaneció varios meses, hasta que la muerte de un pariente cercano cambió todos sus planes. Warren se cansó de esperar que donara algo para apoyar los Principios y, en el otoño de 1830, regresó a Ohio.

 

 

 



 JOSIAH WARREN, EL PRIMER ANARQUISTA AMERICANO,

POR WILLIAM BAILIE (CAPÍTULO II).

 

CAPÍTULO II

LA PRIMERA “TIENDA DE TIEMPO”

El 18 de mayo de 1827 se abrió, sin grandes ceremonias, una pequeña tienda en la esquina de las calles Quinta y Elm de Cincinnati, tienda que, sin dejar de tener un criterio comercial, buscaba, también, el bienestar de la sociedad. Fue la primera Tienda de Equidad, diseñada para ilustrar el Principio del Costo, germen del movimiento cooperativo del futuro.

Cuando las ventajas de la tienda se hicieron conocidas y su método fue bien comprendido, la misma se convirtió en la más popular institución mercantil de la ciudad. La gente la llamaba "Time Store" no porque diera crédito o vendiera mercancías a plazos, sino por el método peculiar y original adoptado para fijar y regular el importe de la remuneración del comerciante. El mismo se determinó sobre el principio del intercambio equitativo de trabajo, medido por el tiempo ocupado, e intercambiando horas de un tipo de trabajo por horas de otro tipo de trabajo. Veamos un ejemplo. Se coloca un reloj en un lugar visible de la tienda. Viene el cliente. Todas las mercancías están marcadas con un precio en cifras monetarias formado por el coste más un porcentaje por transporte, desgaste, alquiler y otros gastos afines, generalmente cerca de cuatro centavos de dólar. El comprador selecciona lo que necesita, sin demasiada asistencia o incitación del vendedor, y paga por dichas mercancías en moneda de curso legal. El tiempo pasado por el comerciante en la espera de que el cliente se decida se calcula con el reloj y, en pago por este servicio, el cliente extiende una nota de trabajo, algo más o menos así: "Debo a Josiah Warren treinta minutos de  trabajo de carpintero, John Smith" o " Debo a Josiah Warren diez minutos de costura, Mary Brown".

El encargado del almacén, así, intercambiaba su tiempo con una cantidad igual del tiempo de sus clientes. No existía beneficio en el sentido más común del término. Se aplicaba el principio de trabajo por trabajo, el Principio del Costo en su forma más primitiva, que, a través de la experiencia, fue modificado para permitir las diferentes valoraciones de los diversos tipos de trabajo.

¿Cuáles fueron los resultados del sistema del Costo? En primer lugar, evitó el desperdicio innecesario del tiempo del vendedor por parte de compradores irreflexivos. Al mismo tiempo, el marcado de cada mercancía a precio de costo evitó las subidas y promovió el respeto mutuo y la confianza, eliminando toda suspicacia. Fue Robert Owen quien, en un plan ideado en 1820 para aliviar los sufrimientos de la clase trabajadora de Irlanda, propuso por primera vez el uso de notas laborales. Sin embargo, la idea no fue puesta en práctica hasta que Warren, a su manera y con éxito, lo hizo.

 

Su tienda era, también, una revista para el depósito de productos vendibles. Cada mañana se presentaba un informe de la demanda mostrando qué bienes serían hacían falta y, por consiguiente, serían bien recibidos. El depositante de dichos bienes era libre de tomar a cambio o bien otras mercancías de un valor igual o bien notas de trabajo. Y, como estas notas laborales se expresaban en horas y no en dólares, se consideró conveniente tener en exhibición una lista con el costo de producción promedio de todos los artículos básicos, expresado en horas. Además, el público tenía acceso a las facturas de todos los bienes comprados, de modo que no pudiera existir ningún motivo de disputa en cuanto al precio.

La simple medida de aceptar, únicamente, mercancías de las que se supiera a ciencia cierta que tenían demanda impidió cualquier posible crisis de superabundancia, error que, unos años más tarde, fue, en gran medida, responsable del colapso, después de una breve existencia, de la Bolsa de Trabajo de Robert Owen en Londres.

No existían reglas ni reglamentos que sorprendiesen  al público en la Tienda de Equidad. Bastaba con la siguiente nota:

"Cualquiera que sean los acuerdos que se hagan de vez en cuando en este lugar, estarán sujetos a alteración o supresión, siempre que las cambiantes circunstancias o un nuevo y mejor conocimiento de la naturaleza de las cosas pueda demostrar la necesidad de un cambio".

Aunque todos sus esfuerzos fuesen guiados por ideales  justos, humanos y desinteresados,  Warren también sabía que el propio interés, surgido del instinto de autopreservación, es el principal móvil de la conducta humana, y nunca le interesó perder tiempo con reformas que ignorasen esta ley natural. Creía que el primer paso para hacer el bien a los demás era demostrarles que no poseía ningún poder para hacerles daño y que "huía del poder con tanta velocidad como la mayoría de los reformadores lo persigue".

Los inicios de la Tienda de Equidad fueron, todo hay que decirlo, poco auspiciosos.  Durante la primera semana el monto total de las operaciones realizadas apenas superó los cinco dólares. Algunas personas desconfiaron o la denunciaron como una nueva estafa, mientras que los amigos del fundador lo instaban a abandonar la búsqueda de Utopías, ofreciéndole ayuda en la construcción de un negocio que le brindara verdaderos beneficios.

Tras pasar varios días sin un solo cliente, logró convencer a su hermano George para que hiciera algunas compras para su familia. Poco tiempo después y con muchas dudas al principio, unos cuantos amigos más probaron el sistema y, muy pronto, al descubrir que los beneficiaba, extendieron la buena nueva. Tan evidentes eran las ventajas pecuniarias del comercio equitativo que el espíritu cooperativo se propagó con gran rapidez y, finalmente, la tienda terminó por absorber por completo el tiempo y las energías del reformador. El comerciante de la esquina decidió que había llegado el momento de adoptar el plan de equidad o cerrar. Se acercó a Warren, le explicó su dilema y ​​le rogó que le instruyera sobre qué hacer para recuperar su negocio con este nuevo plan. El fundador del Comercio Equitativo estaba muy feliz de ayudar a su hermano comerciante a convertir su tienda en una "tienda de tiempo" y de ver cómo los nuevos métodos eran adoptados por la competencia. Finalmente, la innovación afectó al comercio minorista de toda la ciudad.

Parece, por lo tanto, que Warren fue el precursor de la tendencia empresarial  moderna  hacia una distribución más eficiente y económica en beneficio del consumidor. Hasta hoy, su aplicación de la idea de la nota de trabajo ha tenido numerosos imitadores. Estas notas demostraron su utilidad y aceptabilidad en la práctica sustituyendo con frecuencia, en las transacciones locales, al dinero o a cualquier metal precioso.

Por aquellos días, Warren llevó un diario. En el mismo anota: "A menudo se me ha preguntado, ¿Qué puede inducir a los abogados, médicos y a otros profesionales a intercambiar sus servicios en pie de igualdad con otros trabajos que, por lo menos actualmente, se encuentran mal pagados? Los motivos son, prácticamente, infinitos y el respeto por la individualidad me enseña a no sondear demasiado en asuntos que, finalmente, no son de mi incumbencia. Pero el hecho es que, gracias a este principio, podemos disponer en cualquier momento de los servicios de un excelente abogado, de larga experiencia e integridad a toda prueba. Y que tengo en mano, en este momento, las notas laborales de tres médicos, dos de los cuales están entre los mejores que conozco" (28 de noviembre de 1828).

Aunque muchos amigos que simpatizaban con la Tienda de Equidad deseaban reunir capital para ampliarla, el fundador desalentó la idea. Él la veía, simplemente, como la primera ilustración de unos principios universales que tendrían aplicaciones más importantes. Tampoco olvidó que había una injusticia en eliminar una clase de intermediarios mientras subsistían otros en la industria y el comercio, intermediarios que serían suprimidos por una aplicación más amplia de estos principios. Entre los primeros que ofrecieron estímulo y ayuda sustancial al pionero de la Equidad se encontraba un comerciante al por mayor que le dijo una vez "Probablemente no vivamos para verlo, pero llegará el día en que todos los negocios del mundo se basen en estos principios".

No puede decirse que los clientes de la tienda no comprendiesen el sistema o que no apreciaran sus ventajas. Un día, un campesino vino a buscar un barril de caballa, que sabía que costaba ocho dólares en la tienda. Lanzando sobre el mostrador la cantidad exacta, el rústico, a toda prisa, sin detenerse ni siquiera a respirar, exclamó: "Quiero un barril de su caballa, aquí está el dinero y le agregué un centavo por su tiempo. No necesita venir conmigo, yo sé dónde están. Adiós".

Warren, sin embargo, no se creía bajo obligación alguna de extender las ventajas del comercio justo (o equitativo) a aquéllos que no estaban dispuestos a actuar según el mismo principio en otros tratos.

 

Hemos visto que, en la tienda, aquellos que tuvieran productos  podían intercambiarlos por otros siempre que los suyos tuvieran demanda. También sirvió como una bolsa de trabajo para quienes se hallasen en busca de empleo y, mediante esta función derivada, sirvió para dirigir la atención del reformador a los largos e inútiles aprendizajes por los cuales estaban protegidos los oficios más comunes.

Sobre este tema escribió en 1827: "Es doloroso presenciar el gran número de personas en busca de empleo que no poseen los conocimientos y habilidades que pide el Informe de la Demanda. Es doloroso, también, escuchar la respuesta que nos dan dichos solicitantes cuando les decimos que se fijen en los trabajos pedidos en el informe. Responden que no pueden aprender un nuevo oficio sin un largo y costoso aprendizaje. Me parece, por lo tanto, importante refutar la necesidad de un largo aprendizaje y abrir los secretos de los oficios para que los mismos puedan obtenerse en términos equitativos". Se abría, entonces, un nuevo campo para la experimentación de nuevas ideas y aparecía un incentivo adicional para dar por terminada la experiencia de la tienda y aplicar los mismos principios al trabajo y a la tierra por medio de una aldea cooperativa.

Podemos hacernos una idea acerca del carácter del joven reformador y del alto concepto que tenían de él aquellos que lo conocían cuando abrió la tienda en Cincinnati, por el hecho de que consiguió el capital requerido del Banco de los Estados Unidos gracias al aval de dos caballeros, uno de los cuales era un pilar de la Iglesia Episcopal Metodista y el otro, un prominente presbiteriano. Y eso, a pesar de que ambos sabían del absoluto desacuerdo de Warren con todos los sistemas de teología. Su amigo metodista, el capitán Richard Folger, era un fervoroso creyente en la Equidad, como lo demuestra la siguiente historia, relatada por Warren: “En cierta ocasión en que sus correligionarios se hallaban discutiendo algún difícil punto de la doctrina de la fe, el capitán, de pronto, los interrumpió diciendo “Bien, hermanos, la gente ha discutido por mil ochocientos años cuál es la verdad del cristianismo. Si nos vamos ahora mismo a la esquina de las calles Quinta y Elm, la veremos en funcionamiento por primera vez en la historia  del mundo”.

Éste era el mismo amigo que, al recibir notas de trabajo en la tienda a cambio de su harina de maíz, se dedicó durante  tres semanas, interrumpiendo su propio trabajo, a exponer ante sus conocidos, de tienda en tienda, los principios del Comercio Equitativo, concluyendo siempre su discurso con la entrega, a cada oyente, de una de las notas de trabajo, a fin de que prueben ellos mismos el nuevo sistema en la tienda de tiempo.

Otra anécdota de aquellos días ilustra de forma tan clara las ideas de Warren sobre los intereses y los préstamos que me aventuro aquí a narrarla.

 

Un día, un amigo de Warren llevó a la tienda a un hombre, a quien Warren no conocía, que estaba a punto de ser expulsado de su casa por no pagar la renta de trece dólares. Además, había vendido sus muebles. Estaba, por lo tanto, en apuros y necesitaba el dinero que, aseguraba, podría devolver después de dos semanas, ofreciéndose, además, el amigo común como garante. Sin pensarlo dos veces, Warren extrajo el dinero  de los fondos de la tienda y se lo prestó. Al final de la quincena, el extraño le dijo: "Tu préstamo nos salvó a mí y a mi familia de tal angustia que con mucho gusto le pagaré cualquier prima".

-Usted no conoce -replicó el reformador- los principios sobre los cuales trabajamos aquí.

-No importa, nunca podré agradecerle lo suficiente. Pídame lo que quiera.

-Por lo que veo -replicó Warren- nuestro común amigo no le ha informado de nuestras ideas acerca de los préstamos de dinero. Para nosotros, el interés no debe ser un beneficio del prestamista sino, simplemente, una compensación que cubra los costos de la operación. El prestamista empleó cerca de cinco minutos en prestar el dinero y empleará, aproximadamente, el mismo tiempo en recibirlo de nuevo. En este caso, además, todo estaba asegurado y no había riesgo ni pérdida. Sólo tiene usted que compensarme por mi trabajo. Si pudiera darme un equivalente en su propio trabajo, sería perfecto pero como en este momento no puede hacerlo, le aceptaré siete centavos.

- No lo entiendo, estoy hablando en serio, realmente deseo pagar por el gran beneficio que usted nos ha hecho.

- Yo también hablo en serio -respondió el prestamista. Todo lo que usted me debe son siete centavos y es un pago enteramente justo. ¿No le parece que debo estar satisfecho al recibir cincuenta centavos por hora por mi trabajo de prestar dinero cuando el trabajador más esforzado obtiene la misma suma por su trabajo de un día entero?

Aquí tenemos un ejemplo concreto de la teoría de Warren del Costo como Límite del Precio, teoría económica que comprendía también un principio ético que debe ser aceptado inteligentemente como base de todas las relaciones pecuniarias y comerciales para que el Principio del Costo pueda ser universalmente practicado. Al hablar de Costo, Warren se refería a los sacrificios involucrados y no sólo al tiempo. Lo fundamental era que el precio nunca excediere el costo así determinado.

Lleno de entusiasmo por unos principios que estaba convencido de que resolverían los problemas económicos más profundos de la sociedad, anhelaba verlos aplicados a la producción de riqueza tal como ya los había probado en cuanto a su distribución. Y, con el fin de ser libre para poner manos a la obra en este campo, decidió terminar el experimento de la tienda. Por consiguiente, el público fue avisado con varios meses de anticipación, se cumplieron todas las obligaciones y, después de dos años de operaciones exitosas, el reformador se encontró, financieramente hablando, en la misma posición que al principio, pero moralmente más convencido que nunca  de las bellezas de la Equidad y de la necesidad de su realización. Ahora se trataba "llevar a cabo los principios en todas las ramificaciones de la vida social, en un lugar permanente", un lugar donde la tierra estuviese al alcance de todos, sin un precio prohibitivo ni inflado por la especulación.

Durante su primera residencia  en Cincinnati, Warren obtuvo del Sr. Nicholas Longworth, un conocido propietario de bienes raíces, un arrendamiento por noventa y nueve años  de una propiedad que se extendía entre las calles Elm, John, Quinta y Novena, un total de ocho de las mejores manzanas de Cincinnati. Sobre esta finca construyó unas cuantas casas de ladrillo, en una de las cuales vivió varios años. Fue también ahí, en la esquina de las calles Quinta y Elm, donde estableció su primera Tienda de Equidad. Pero, después de que la tienda fue terminada, las convicciones de Warren respecto a la especulación inmobiliaria se fueron radicalizando. Convencido de que el único título legítimo a la propiedad es el trabajo y que, por lo tanto, la riqueza adquirida por un aumento del valor de la tierra que no es debido a ninguna mejora por parte del propietario sino a causas sociales ajenas a su voluntad se opone al principio de Equidad, decidió que no podía seguir con el arriendo de una finca cuyo valor seguiría aumentando precisamente por un motivo que no le parecía aceptable. Por lo tanto, fue donde el señor Longworth y le devolvió incondicionalmente el contrato de arrendamiento, privándose voluntariamente de unos derechos de propiedad que, de haber conservado, lo hubieran convertido, en pocos años, en un hombre rico.

miércoles, 18 de agosto de 2021

JOSIAH WARREN, EL PRIMER ANARQUISTA AMERICANO,

POR WILLIAM BAILIE (CAPÍTULO I). 


CAPÍTULO I

DE LOS PRIMEROS AÑOS A LA EXPERIENCIA DE NEW HARMONY

Igualmente notable como inventor, filósofo social y revolucionario pacífico, Josiah Warren es, de pies a cabeza, por su ascendencia, por la multiplicidad de sus talentos, por la fuerza y el fervor con que acometió la obra de su vida, un Americano, uno de esos  robustos pioneros cuyos músculos y cerebros formaron el verdadero fundamento de la república. Pero Warren es, al mismo tiempo, por sus ideas y aspiraciones, un representante de los movimientos que, en pro de una regeneración social, florecieron en la primera mitad del siglo. Ésta es la personalidad que reclama nuestro interés. Nació en Boston en 1798, de un históricamente famoso linaje puritano y peregrino. Los Warren de los que nuestro hombre nació dieron a Massachusetts muchos ciudadanos distinguidos, de los cuales, tal vez, el más renombrado sea el general Joseph Warren, el héroe revolucionario muerto por los británicos en Bunker Hill.

Poco sabemos de los padres de Josíah o de sus primeros años. Que amaba la música y que, siendo aún muy joven, tocó con su hermano George como músico profesional en bandas locales. A la edad de veinte años se casó y, poco después, partió a buscar fortuna al Oeste. En aquellos días, la ciudad de Cincinnati se encontraba prácticamente en la frontera de la civilización, al borde de una desconocida inmensidad. Éste fue el lugar al que  Warren llegó y en el que decidió instalarse para seguir su vocación como director de orquesta y maestro de música. Sus talentos le dieron pronto una honrosa reputación profesional que se extendió más allá de la ciudad. Pero tenía otros intereses. Dedicó sus ocios a las actividades mecánicas. El primero de sus inventos fue una lámpara que funcionaba con grasa de cerdo, produciendo una luz mejor y más barata que las lámparas convencionales, que funcionaban con grasa de vaca. Tan exitoso fue este invento, que Warren patentó en 1823, que muy pronto montó una fábrica en Cincinnati.

Muy pronto, sin embargo, problemas más apremiantes que los de la iluminación ocuparían la mente activa y el corazón generoso del ingenioso joven yanqui.

En las primeras décadas de este siglo el público comentaba las ideas de una figura única, de alguien cuya reputación como el reformador social más audaz y exitoso de la época abarcaba tanto el Viejo como el Nuevo Mundo. También a Cincinnati llegó este famoso personaje, a impartir conferencias y a contar sobre de sus últimos planes para la inauguración de un Nuevo Mundo Moral.

Ya por entonces, la mente del músico de Boston había cuestionado la justicia de algunas instituciones sociales existentes y no nos sorprende, por lo tanto, que la inmediata perspectiva  de una  total emancipación moral y económica de la raza humana lo entusiasmase. No es sorprendente que el celo, el fervor, la convicción y el entusiasmo de Robert Owen le hayan resultado contagiosos.  Se convirtió en un devoto estudiante de sus teorías y decidió unirse al gran experimento que estaba a punto de comenzar en New Harmony. Después de vender la fábrica de lámparas a principios de 1825, nuestro hombre y su familia se unieron a Owen junto con novecientos entusiastas reunidos de todas partes del país, en las fincas de los Rappites, adquiridas por Owen, con la esperanza de participar en la comunidad ideal que iba a inaugurar un milenio de paz y abundancia, fraternidad y felicidad, que terminaría abarcando a toda la humanidad.

Se presentaba una oportunidad sin precedentes para estudiar los problemas del gobierno, la propiedad, la industria y, en suma, para buscar respuestas a todas las preguntas incómodas y molestas de la vida social. Y, a través de los dos tormentosos años que duró la experiencia, a través de todas sus vicisitudes, decepciones y fracasos, Warren permaneció y cumplió con las responsabilidades que había asumido en una empresa tan ambiciosa. Y, cuando, finalmente, todo concluyó y las cosas no funcionaron como se esperaba, Warren no se convirtió en un reaccionario amargado, sino que se comportó como un estudiante serio y esperanzado que había invertido su tiempo en un experimento interesante. Se dio cuenta de la incapacidad del comunismo para corregir los males de la propiedad privada y del fracaso de los sistemas  de gobierno basados o bien en una autoridad paternal o bien en la decisión de la mayoría. Había aprendido sus lecciones y la experiencia había sido fructífera. Había que tomar nota para, en el futuro, abordar los mismos vitales temas.

Veintinueve años después de su experiencia en New Harmony, Warren escribió: "Muchas veces, mientras estuve ahí, me dije a mí mismo: ¡Oh! Si la gente de esta época pudiera vivir lo que hemos vivido quienes estuvimos aquí, si pudiera subir a estas colinas, mirar hacia abajo y recordar estas experiencias, ¡cuántas lecciones aprenderían! No habría más Revoluciones Francesas, ni derechos legales otorgados por los gobiernos, ni organizaciones, ni asambleas constituyentes o legislativas ni ningún artificio humano para la fundación de la sociedad. ¡Y cuántas decepciones y sufrimientos podría ahorrarse! Pero nadie escarmienta en cabeza ajena y la gente ha seguido organizando comunidades, falansterios, partidos políticos y revoluciones nacionales sólo para fracasar, por supuesto, tal como nosotros fracasamos, y para destruir, gradualmente, la poca esperanza que existía de lograr un mundo mejor".

Para Warren, el fracaso de este experimento comunista fue, simplemente, una razón para buscar otro método con el cual superar las instituciones obsoletas. Pues Warren, al igual que Owen, nunca dudó de que la emancipación del hombre fuera posible ni de que la felicidad humana se pudiera alcanzar mediante las reformas sociales apropiadas.

Recordando las esperanzas y aspiraciones no realizadas en New Harmony, Warren llegó a la conclusión de que las principales causas del fracaso fueron la supresión de la individualidad y la falta de iniciativa y responsabilidad. En un mundo donde todo es asunto de todos, nada es asunto de nadie. Todos los asuntos de la comunidad fueron decididos o bien por Owen como propietario o bien por la voluntad de la mayoría. La libertad personal se hallaba bastante mermada, faltaban incentivos para esforzarse en el trabajo y todos se inclinaban a atribuir las fallas del sistema a los defectos de sus vecinos. Estos defectos, concluyó Warren, eran inseparables de cualquier esquema basado en la autoridad y la comunidad de bienes. Incluso bajo las condiciones más favorables, el fracaso también estaría garantizado más tarde o más temprano.

Por lo tanto, estaba convencido de que la base de toda reforma futura debía ser la más completa libertad individual. "El hombre busca la libertad como el imán busca el polo o el agua busca su nivel, y la sociedad nunca podrá tener paz hasta que cada uno de sus miembros sea realmente libre". Pero la libertad no es posible bajo la organización y las ideas que hoy prevalecen en la sociedad. La sociedad futura necesita nuevos principios y nuevos puntos de vista. El primero de ellos es la individualidad. La soberanía de cada individuo debe, en todo momento, ser considerada inviolable. Cada uno debe ser libre de disponer de su persona, su tiempo, su propiedad y su reputación a su antojo. Pero siempre por su cuenta y riesgo. Nótese bien. Éste es el corazón mismo de las ideas de Warren, el elemento de justicia en ellas, la base de la igualdad, la semilla de una verdad eterna e irrefutable, tan irrefutable hoy como el día que la enunció por primera vez a un mundo desatento.

Tales eran las opiniones a las que Warren había llegado cuando, a la edad de veintinueve años, volvió a establecerse en Cincinnati. La experiencia de New Harmony le había convencido de que cualquier propuesta de reforma, por perfecta o plausible que pudiera parecer en principio, debía ser probada en la práctica antes de ser ofrecida como un remedio para los males existentes. Para tal fin, por lo tanto, emprendió su primer experimento, con el cual debía o bien probar la viabilidad de sus principios o  bien refutarlos definitivamente.

 


 JOSIAH WARREN, EL PRIMER ANARQUISTA AMERICANO,

 POR WILLIAM BAILIE (El espíritu anarquista).


EL ESPÍRITU ANARQUISTA

Antes de comenzar nuestro relato de la vida y las enseñanzas de Josiah Warren, el primer anarquista estadounidense, parece apropiado anticiparnos a aquellas preguntas que, probablemente, surjan en la mente del lector que vea la palabra "anarquista”. El concepto es usado de forma un tanto arbitraria y resulta impreciso y no es raro que ni siquiera el estudioso tenga claras las diferencias respecto a otras corrientes económicas y sociales. El esquema que trazaremos a continuación no pretende ser  exhaustivo o completo pero creemos, sinceramente, que puede ser útil y sugestivo para el investigador y el interesado.

El anarquismo no es un culto ni un partido ni una organización. Tampoco es una idea nueva ni un movimiento de reforma ni un sistema de filosofía. Ni siquiera es una amenaza para el orden social, ni, mucho menos, un complot permanente para destruir a los reyes y los gobernantes. De hecho, el orden social está en peligro constante desde que se instaló la primera fábrica textil y ese peligro ha sido engendrado por el propio orden social. Eso, sin contar todas las ocasiones en que sonaron falsas alarmas.

Los cultos son, hoy, algo bastante común: nacen, florecen y se marchitan como las flores de la primavera. Los partidos y las organizaciones tienen ciclos de auge y descenso de una regularidad casi rítmica, siguen su curso y, con el tiempo, se transforman como todas las cosas existentes bajo el Sol. Los movimientos surgen cuando las circunstancias lo exigen y caducan cuando han cumplido su labor. Las nuevas ideas son bastante raras y más raras aún son aquellas que, después de un examen minucioso, nos siguen pareciendo nuevas. Una filosofía es un esquema de la vida, una explicación del universo, un sistema intelectual concreto.

El anarquismo no es ninguna de estas cosas. No enseña la violencia ni predica la insurrección. Tampoco es una revolución incipiente. Sin embargo, reclama su lugar en la vida de nuestros tiempos. El anarquismo moderno, en una palabra, es, principalmente, una tendencia. Una tendencia moral, social e intelectual. Como tendencia, cuestiona la supremacía del Estado, la infalibilidad de las leyes y el derecho divino de toda Autoridad, espiritual o temporal. Es, en verdad y por paradójico que parezca, un producto de la Autoridad, un hijo del Estado, una consecuencia directa de la insuficiencia de la ley y el gobierno para cumplir con sus funciones. En resumen, la tendencia anarquista es una necesidad de progreso, una protesta contra la usurpación, el privilegio y la injusticia.

Prácticamente todos los crímenes de la historia pueden resumirse en una sola frase: Abuso de poder. La experiencia de todos los tiempos y lugares nos demuestra, inequívocamente, que el poder, sobre todo, el poder gubernamental, siempre será abusivo. Frente a esta realidad se estrellan en vano los mejores esfuerzos de los reformadores más serios y bienintencionados. Ningún plan de gobierno, ningún sistema social, ninguna panacea puede conciliar autoridad y equidad, poder político y justicia social. La sabiduría de los filósofos, el arte de los poetas y las vidas de los hombres de acción de todos los tiempos nos demuestran, una y otra vez, el carácter irreconciliable de estas fuerzas opuestas. Los héroes cuyo recuerdo perdura en la leyenda y la historia son aquellos que lucharon por la justicia y el derecho contra la autoridad establecida, el mensaje más maduro que el genio y el intelecto entregan al mundo de hoy es que una civilización alta y digna sólo puede ser lograda a través de la completa libertad del individuo. El derecho a gobernar, el poder eclesiástico o político, deben caer para siempre. Éste es el espíritu que animó la Revolución Francesa, que inspiró a los padres de la Independencia Norteamericana, esta antorcha "que ilumina a los pueblos en su lucha por la libertad" es, hasta el día de hoy, una influencia poderosa que da forma a la literatura y el drama, a las aspiraciones e ideales de nuestro tiempo. Esta tendencia intelectual generalizada, que borra las fronteras y une a hombres de razas distintas, es lo que constituye la real e irresistible tendencia anarquista.

No es el lanzador de bombas, el autoproclamado salvador, dispuesto a dar su vida por sus ideas, bien o mal llamado anarquista, quien constituye la mayor amenaza para los gobiernos. Los mismos pueden protegerse con bastante facilidad de este rancio producto de la   injusticia social y el desorden del Viejo Mundo. Pero no existe ley, oficina o policía que pueda salvar al Estado de esa idea poderosa que gana terreno todos los días e impregna la mejor literatura moderna, la idea de que el individuo es soberano, de que la dignidad del hombre es más importante que la ley, más noble que la supremacía del Estado. Un ensayo de Spencer, una historia de Tolstói, una novela de Zolá, un drama de Ibsen, un poema de Whitman hacen en un año por la tendencia lo que los gobiernos, con las medidas más duras, no pueden deshacer en un siglo.

¿Acaso Nerón y Diocleciano acabaron con el cristianismo cuando sacrificaron a sus mártires al odio de las turbas y a la superstición? Es muy significativo que, en los primeros días de la religión cristiana, cuando los creyentes formaban una pequeña secta rebelde y peligrosa para la ley y el orden a los ojos de la clase dominante, no hubo crimen o brutalidad, no hubo acto diabólico, inhumano o abominable, que no fuese atribuido a los cristianos. Su ofensa real, inadvertida por sus perseguidores, consistió en difundir un credo ético que, más tarde o más temprano, terminaría por subvertir el antiguo orden. Que no nos extrañe, por lo tanto, esa caricatura del Anarquismo que nos pinta la prensa amarilla. Ese monstruo, esa sombra del caos primordial, ese asesino y dinamitero loco, tiene su prototipo en los comienzos del cristianismo. Obviamente, esto no favorece un conocimiento preciso del tema. Pero, lamentablemente, cierto público acrítico y más devoto de lo sensacional que de lo veraz, sólo conoce esta caricatura.

El Estado nació y se desarrolló como una consecuencia de la propiedad. A medida que la institución de la propiedad avanzaba, gobernar a los demás hombres se convirtió en una necesidad para los propietarios. La historia está llena de luchas de diferentes facciones de las clases propietarias por el control del gobierno. Las leyes para la defensa de la propiedad han sido presentadas como fruto de la voluntad popular. En el pasado, aquellos que sufrían la injusticia de las leyes o la opresión del Estado no buscaban otro remedio que adueñarse del poder ellos mismos y, cuando lo lograban, caían, a su vez, en los mismos vicios contra los que lucharon en el pasado y abusaban de los poderes del Estado. De vez en cuando, alguna voz clamaba en el desierto, algunos pocos y  oscuros pensadores se atrevían a cuestionar la supremacía del gobierno y las leyes sobre el hombre y el ciudadano individual. Pero muy pocas veces fueron escuchados y sus ideas e intentos terminaron en el olvido.

No hay nada nuevo en la oposición al gobierno. La diferencia entre las teorías anarquistas de hoy y las diversas rebeliones políticas del pasado radica en que la teoría moderna, al mismo tiempo que condena los males inherentes al Estado, niega cualquier intención de reformarlo o crear un nuevo Estado. Dondequiera que el anarquismo ha reaccionado contra los abusos del gobierno, lo ha hecho de una manera correspondiente a la naturaleza de ese gobierno y puede decirse que el anarquismo de cada país es reflejo de su enemigo. Nadie debe extrañarse, por lo tanto, de que las formas más extremas del anarquismo contemporáneo se encuentren en Moscú. En Rusia, el Estado aún no se ha despojado de su carácter original, bárbaro y despótico hasta el extremo, brutal en sus métodos y torpemente organizado, que no intenta siquiera aparentar la menor preocupación por los derechos individuales y la vida humana. La oposición es reflejo del gobierno y de esto los terroristas son el ejemplo más notable. La barbarie de la bomba de dinamita es la respuesta a la barbarie de un gobierno cuya brutalidad organizada es una mancha para la civilización.

León Tolstói, el mundialmente famoso escritor y crítico moral, se proclama anarquista. Su pluma magistral es incansable al condenar al Estado, oponiéndole, con la irrefutable lógica de los hechos, el autogobierno espiritual de cada persona. Tolstói no ataca los abusos de los funcionarios irresponsables. No se trata, para él, de personas. El mal y la falsedad se encuentran en la naturaleza fundamental de la institución. Su conocimiento es demasiado preciso, su perspicacia demasiado penetrante para permitirle buscar un remedio en la reforma. Niega el derecho de cualquier cuerpo de hombres, incluso aquel que se autodenomina el Estado, a gobernar. El poder político en sí mismo, afirma, es la fuente de todos los abusos. Todas las injusticias se hallan invariablemente asociadas con el poder gubernamental.

Ninguna nación, antigua o moderna, ha sufrido como Rusia por la incompetencia y los crímenes de sus gobernantes. Alguien responderá que los gobiernos instaurados por los conquistadores españoles en el Nuevo Mundo fueron peores ya que, muy a menudo, condujeron al exterminio de las razas subyugadas Y también podrían citarse otros ejemplos de invasiones que concluyeron en exterminios. Pero lo singular del caso de  Rusia radica en el hecho de un despotismo implacable ejercido entre miembros de un mismo pueblo, nos hallamos ante un gobierno compuesto por gentes de la misma raza sojuzgada, con la misma cultura, las mismas  tradiciones y el mismo lenguaje, explotando y esquilmando sin piedad a su propia gente, agobiándola con impuestos asfixiantes, privándola incluso de la menor apariencia de libertad, afirmando su poder injusto y devastador a través de la ignorancia, la pobreza y la superstición que fomenta y mantiene. No es sorprendente, por lo tanto, que la mente más grande que Rusia ha producido, Tolstói, el escritor y vidente, emplee su genio en socavar la creencia en todo gobierno, en negar el derecho de cualquier autoridad sobre los cuerpos y las almas de los hombres. Habiendo observado el funcionamiento del Estado en su propio país y los efectos nefastos que produce, y comparándolo con otras formas de gobierno más libres, llega a la conclusión de que el mismo principio actúa tanto en una autocracia como en la más democrática de las repúblicas.

La única causa de que la autocracia en Rusia no haya caído es el miedo. El ejército y la marina se hallaban, hace muy poco, al borde de la revuelta. Ya no se podía confiar en que obedecieran al Zar. Privado de la fuerza bruta de las bayonetas, aterrorizado y acorralado,  el gobierno habló de constitución. Aún está por verse si esta pequeña estratagema no ha llegado demasiado tarde.[1]

En Inglaterra, después de siglos de oposición de las clases dominantes, el pueblo conquistó algunos derechos y un cierto grado de igualdad ante la ley. Desde Simon de Montfort hasta Gladstone podemos contemplar una extensa genealogía de reformadores que se apuntaron su artillería contra los abusos del poder político. Mal que bien, lograron limar las uñas de la fiera y reducir algunas de las más  bárbaras y primarias características del Estado. La igualdad ante la ley es hoy una idea que prevalece en todos los movimientos que se oponen a la clase dominante y, de este modo, el respeto por la ley como ley ha sido y sigue siendo la característica más singular de los movimientos ingleses de reforma política. Los más grandes filósofos ingleses no se cansaron jamás de señalar la incompetencia y la locura del Estado ni de defender la libertad completa del individuo. Un anarquismo prudente y pacífico ha sido la tendencia general de la oposición anglosajona. Al existir un relativamente mayor grado de libertad -grado que se ha ganado, es cierto, a través de siglos de lucha- la afirmación de los derechos individuales y la negación de la autoridad estatal se expresan en un lenguaje más moderado y buscan métodos pacíficos de reforma.

El radicalismo, que tanto influyó en la política inglesa durante gran parte del siglo XIX, buscaba reducir el Estado a unas funciones mínimas y se opuso a la invasión gubernamental de los derechos y libertades del ciudadano. En este sentido, por lo tanto, sus principios eran anarquistas. La filosofía política de Herbert Spencer es, en general, anarquista, incluso en sus puntos flacos. El fracaso del radicalismo sobrevino porque no podía percibir que su ideal de igualdad política era un imposible mientras se mantuviera la desigualdad económica e industrial. En su boca, la libertad era  la libertad de la clase propietaria, la igualdad era igualdad ante la ley para las diversas formas de ingresos. En un país donde los nobles terratenientes disfrutaban aún de muchos privilegios e inmunidades, era natural que otros propietarios, como los industriales y los comerciantes, apoyasen a una escuela política que denunciaba los privilegios y reclamaba igualdad de derechos. Era natural, también, que buscasen el apoyo del pueblo, y era natural, por último, que no llevasen su agitación hasta sus últimas consecuencias sino que la detuviesen cuando, a su vez, sus propios intereses se vieran amenazados. Así, progresivamente, el inicialmente vigoroso radicalismo se fue debilitando y volviendo obsoleto.

A medida que el trabajo formulaba sus propias demandas, de carácter netamente económico, el radicalismo, considerado hasta entonces como la corriente política más avanzada, dejó de atraer a la clase trabajadora. Surgió, en cambio, una vigorosa agitación socialista que exigía, entre otras cosas, la jornada de ocho horas y el pleno empleo provisto por el Estado. Su influencia en la opinión pública fue tan grande o mayor que la del radicalismo ortodoxo pero, a diferencia del mismo, parecía dispuesto a sacrificar la libertad individual en el altar de la igualdad económica.

Sin embargo, el individualismo característico del anglosajón, que se manifiesta en su desconfianza de la autoridad, incluso de aquella que se presente como paternal y bienintencionada, ha impedido, incluso después de un cuarto de siglo de agitación continua, que la clase trabajadora británica acepte por completo las doctrinas de la socialdemocracia. Aquellas teorías comunistas que tanta aceptación encontraron en el proletariado francés y que, en general, han influido fuertemente el movimiento obrero en toda Europa, nunca se han afianzado entre las masas inglesas. El tradeunionismo conservador, por el contrario, al apelar a la iniciativa autónoma, la organización voluntaria y la autoayuda, goza de mejor salud, pues los resultados que obtiene provienen de su propia fuerza y no de la legislación.

En Inglaterra, el movimiento cooperativo ha tenido éxito en la medida en que ha trabajado dentro de una esfera claramente definida y sin apartarse de políticas puramente individualistas. Por otro lado, el comunismo y el socialismo revolucionarios, que con tanta fuerza han prendido entre las clases trabajadoras de la Europa Continental, no logran, en Inglaterra, convencer ni entusiasmar a las multitudes. Se habla bastante de los deslumbrantes éxitos del socialismo municipal pero no hay ningún genuino socialista que se deje impresionar por ellos. Los principales beneficiarios de estas empresas cívicas son los pequeños comerciantes y la pequeña burguesía, que pagan menos impuestos gracias a la aplicación de los beneficios municipales a la reducción de las tasas.

El socialismo, como ya dijimos, sacrificaría la libertad individual en el altar de la igualdad económica. Pero la visión anarquista no acepta esto y proclama que tanto la libertad política como la libertad industrial son pasos indispensables hacia la igualdad económica. No existe, por lo tanto, base alguna para aquella noción tan difundida según la cual el socialismo y el anarquismo son ideas estrechamente relacionadas, si no idénticas. Si bien hay mucho en común, hay una diferencia fundamental entre los dos principios. El socialismo conduciría a la centralización y la dependencia de la autoridad. El anarquismo impulsa y tiende hacia la descentralización y la autosuficiencia. En nombre de la sociedad, el socialismo regularía, impondría, definiría y ordenaría. El anarquismo, por otro lado, permitiría a cada individuo descubrir por sí mismo lo que le conviene, sin restricción ni coacción. Mediante la ley y la autoridad, el socialismo establecería la igualdad y haría de cada ciudadano un hombre trabajador, bueno y próspero, independientemente de sus particulares necesidades, inclinaciones o habilidades. El otro mantendría la completa igualdad de derechos y oportunidades, dejando que cada persona, individualmente o en asociación con otras, resuelva su propio destino de acuerdo con sus capacidades, temperamento y deseos.

Bajo los más diversos nombres y aspectos, éstas son las tendencias que, sin cesar, moldean a la sociedad, las instituciones y los individuos. Existen ciertos factores que ayudan u obstaculizan a una a expensas de la otra. La más notable de ellas es, qué duda cabe, la guerra. Sea cual fuere su causa, fortalece el poder del gobierno a expensas de los derechos individuales, aumenta la burocracia, fomenta el paternalismo y debilita cualquier oposición al poder. Existe, por ejemplo, bajo el militarismo alemán, un fuerte movimiento socialista cuya influencia sobre la clase trabajadora no ha cesado pese a la represión gubernamental. Pero el socialismo alemán reproduce, de una manera escandalosa, muchas de las características más detestables del régimen que busca derrocar. Se produce aquí el mismo caso de Rusia, donde la oposición al orden existente está moldeada por el sistema. Inconscientemente, el movimiento socialista incorpora muchas de los vicios que tan vigorosamente denuncia en sus enemigos. Su enseñanza es tan dogmática y sus métodos son tan intolerantes como los de la secta religiosa más obtusa. Sus líderes y organizaciones son tan autocráticos como el propio Káiser.

La censura, la expulsión y la excomunión de los independientes son tan necesarias para preservar la disciplina y la ortodoxia del Partido Socialista como lo fueron alguna vez para la Iglesia de Roma.

También en los Estados Unidos el resurgimiento del militarismo como consecuencia de la Guerra con España y la conquista de las Filipinas ha sido acompañado de un clamor cada vez más vigoroso en favor de un paternalismo de amplio alcance. Se comenzó  por plantear la  propiedad pública como la panacea  para la corrupción y el monopolio corporativo en nuestras grandes ciudades. A esta demanda siguió la del control federal de los ferrocarriles, las compañías de seguros y las corporaciones industriales. A medida que estas tendencias se hagan fuertes, el ejecutivo aguzará las orejas y nuevamente campeará por sus respetos, moldeando las políticas públicas, el viejo e histórico Partido Proteccionista. Los partidos existentes tienen unos principios de notable elasticidad y no son muy capaces de defender posturas impopulares. Ambos están igualmente dispuestos a conceder privilegios injustos a cualquier grupo lo suficientemente poderoso como para influir en las políticas públicas o -lo que es lo mismo- para que no convenga enfrentarse con él.  Promulgar leyes federales contra las corporaciones ricas parece, para nuestros vigorosos estadistas, mucho más fácil  que ir a la raíz del problema y extirpar los privilegios legales que permiten a los monopolistas extraer un tributo injusto.

Si bien es verdad que la influencia de los socialistas como partido es pequeña y que, por lo menos en este país, están muy lejos de alcanzar poder político, existe una peligrosa tendencia  hacia una interferencia cada vez mayor de las agencias gubernamentales en todas las esferas de la vida. Si esta tendencia se desarrolla sin control, conducirá a la propiedad estatal del transporte, por lo menos. No porque este monopolio resulte beneficioso en lo más mínimo sino, más bien, porque una irresponsable regulación oficial inevitablemente convertirá el sector en un "campo minado" para las empresas privadas.

¿Puede admitirse que un pueblo que, mediante el coraje, la industria y el esfuerzo asociados, ha conquistado en el transcurso de dos o tres generaciones un vasto continente, pueda ser incompetente para administrar sus propios asuntos? ¿Creemos de verdad que necesita entregar a un sistema gubernamental cuya ineficacia ha sido ya ampliamente demostrada en sus propias funciones, creemos, digo, que ese pueblo necesita entregarle la gestión de las industrias y actividades que forman la fuente de su crecimiento y prosperidad? Declarar esto es declarar a nuestro progreso y nuestra civilización como un fracaso, a nuestra raza como degenerada, a nuestro futuro como un triste retroceso y a nuestra propia existencia como un desastre monumental. Es necesario ser terriblemente pesimista, carecer por completo de fe en la gente y en sus posibilidades para aceptar esta visión. Ante este problema, "el futuro de nuestra civilización", la visión anarquista es mucho más esperanzada y tranquilizadora.

A esta visión pesimista se le puede contraponer un hecho muy simple, que puede considerarse como una plena manifestación del espíritu anarquista. Este hecho es nada más y nada menos que el crecimiento prodigioso que, en unas pocas décadas, ha experimentado, en los más diversos campos, la asociación voluntaria. Impulsados por objetivos comunes, los individuos se unen en sociedades locales,  nacionales y, por último, internacionales. El comercio y el trabajo, la ciencia y el arte, la música y el deporte; en una palabra, todas las actividades humanas, persiguen sus diversos  propósitos mediante la asociación voluntaria.

Sólo una pequeña parte de los esfuerzos asociados de los hombres es dirigida por el gobierno. ¿Pueden todas las funciones del gobierno juntas compararse en importancia o extensión con aquellas de las que se ocupa la cooperación voluntaria? Sin embargo, damos una importancia tan desproporcionada a las relaciones del Estado con el individuo que, para una mente promedio, es inconcebible que las funciones del Estado puedan ser desempeñadas, con mayor eficiencia y menores costos, por asociaciones voluntarias y no coercitivas.

 

Otro ejemplo de organización voluntaria lo ofrece, en América, la vida religiosa. Hubo una época en la que se afirmaba que la religión no podría existir sin el apoyo y la autoridad del Estado. Sin embargo, nadie puede afirmar hoy que la extensión o la influencia de la religión es menor en los Estados Unidos que en aquellos países donde la misma está subsidiada por el gobierno. Vemos en nuestro país a las diversas iglesias trabajando sin chocar entre sí. Las contribuciones voluntarias son suficientes para sostenerlas. El costo del mantenimiento corre a cargo de quienes reciben el beneficio. Nos encontramos, pues, ante otro excelente ejemplo del método anarquista aplicado en la práctica. En aquellos países en los que la religión recibe aún el apoyo estatal, crece la agitación a favor de la libertad.

En todas partes gana terreno la demanda de instituciones más libres. La literatura ha tenido en esto una influencia poderosísima. Su efecto en la opinión pública es, actualmente, mucho mayor que en el pasado. Responde con natural facilidad a las necesidades del alma humana y, del mismo modo que las olas erosionan las rocas más grandes y antiguas, la literatura disuelve concepciones superadas, prejuicios y errores y, al mismo tiempo, comienza a construir nuevas ideas, esperanzas y aspiraciones.

Examinemos algunos ejemplos del espíritu anarquista en la literatura. El trabajo de Ibsen, el más grande de los dramaturgos modernos, está impregnado de un propósito constante. En todas sus obras analiza la manera en que la autoridad, las costumbres, las creencias y las instituciones esclavizan al hombre civilizado. Su gran idea es que el individuo debe ser libre de actuar en todos los ámbitos de la vida social sin verse limitado por ideales falsos, por un sentido del deber mal entendido o por la tiranía de la opinión pública. Para Ibsen, el valor moral que permite al individuo ser libre, mental y moralmente libre, y desafiar las supersticiones, prejuicios y costumbres, es la más rara pero, a la vez,  la más esencial de las virtudes. Sin ella, el sufrimiento, el fracaso y la infelicidad se multiplican. Cuando exhibe las causas que estancan, embrutecen o hacen retroceder al individuo, lo hace para indicar el mejor curso. Ibsen nos dice que no temamos desafiar la ley, las costumbres o la autoridad estatal si se oponen al libre desenvolvimiento del carácter humano. Tal es el mensaje de este gran artista cuya influencia se nota en dramaturgos como Sudermann, Maeterlinck, Hauptmann, Octave Mirbeau y George Bernard Shaw, cuya obra también denuncian las leyes, costumbres e instituciones contrarias a la libertad.

Tanto en su heroica defensa de la justicia y la verdad en el caso Dreyfus como en su trabajo posterior, Zolá impulsó poderosamente en Francia la causa de la libertad personal  contra la burocracia y el clero. En Alemania, el orden existente -intelectual, moral y gubernamental- no se ha recuperado aún de los magistrales ataques de Nietzsche, un genio y un anarquista cuya influencia crece sin cesar tanto en su país como en el extranjero.

 El mismo anhelo por una libertad individual sin restricciones por los códigos sociales del pasado impregna la moderna literatura inglesa. Aparece en los escritos de los consagrados George Meredith y Thomas Hardy, así como en los de George Gissing, a quien el tiempo hará justicia, a pesar de no haber obtenido tanto éxito inicial. Gissing exhibió en sus obras el despertar del pensamiento autónomo del individuo contra unas instituciones e ideas que ya no poseen ninguna utilidad. En los tres nos impresiona, tanto como su arte, su sinceridad en el tratamiento del problema social fundamental del conflicto entre la sociedad y el individuo. En los tres aparece el cuestionamiento de la autoridad, la afirmación de que debe ser el individuo, no la ley ni la costumbre, quien decida lo que es correcto, lo que constituye la acción moral.

Este mismo impulso, esta misma rebelión intelectual de nuestra época, se puede apreciar también en los autores menores y en la literatura de simple entretenimiento.

Aunque pueda parecer patriotero y de mal gusto, también es necesario mencionar algunos escritores estadounidenses contemporáneos que ilustren esta tendencia. Existen dos grandes fuerzas literarias que, simplemente, no podemos ignorar. Para los observadores  extranjeros, Whitman es, por excelencia, el poeta de la democracia americana. Su fuerte individualismo, su glorificación del hombre y la mujer promedio, su desdén por la moral convencional, encuentran, progresivamente, un reconocimiento más amplio y más comprensivo. En su poesía latió siempre un fuerte reclamo por una libertad sin compromisos  y por  oportunidades ilimitadas para el desarrollo individual. Fue el poeta y el cantor de la libertad, la igualdad y la justicia. Las leyes, costumbres y convenciones, los gobiernos, y los gobernantes, los códigos morales, en fin, todo este pesado fardo autoritario con el que carga la sociedad, debe ceder ante las demandas de una virilidad y feminidad libres, vigorosas, sensatas, nobles y compasivas.

También con Thoreau, como con Whitman, se cumplió aquello de "nadie es profeta en su tierra" y fue reconocido en el extranjero antes que en los Estados Unidos. Hoy, incluso las autoridades más conservadoras lo reconocen como un escritor único y un clásico nativo. No parecen advertir, sin embargo, que Thoreau es, de todos los grandes escritores estadounidenses, el más claramente anarquista. Ni siquiera Emerson llegó tan lejos en su desafío a todas aquellas leyes y costumbres que se interpusieran en el camino del individuo. Thoreau era el anarquista por excelencia. No se inclinó ante ninguna autoridad y negó el derecho del Estado a exigir su apoyo. Se negó a pagar impuestos y fue a la cárcel por ello. Todo aquel que desee estudiar la espontánea tendencia anarquista en la literatura contemporánea y estadounidense debe sin duda, estudiar a Thoreau.

Tendencia espontánea, en efecto, no un movimiento explícito ni una agitación efímera. Proudhon, el periodista francés, fue uno de los pensadores más originales de su tiempo. Pionero anarquista, hasta hoy incomprendido y difamado. No dejó seguidores en un sentido estricto. Tampoco lo reivindica ninguno de los numerosos partidos de la izquierda francesa. Pero sus escritos se siguen leyendo y siguen influyendo, por mucho que les pese a sus detractores.

Otro francés, un  distinguido científico, Elisee Reclus, fue toda su vida un anarquista confeso. Su hermano Elie, también un notable geógrafo, compartió sus puntos de vista.

Desde otras latitudes, desde el mismísimo Palacio Imperial de San Petersburgo, aparece otro notable anarquista, el príncipe Piotr Kropotkin, cuyas investigaciones le han dado, también, un lugar destacado entre los hombres de ciencia. A su vez, sus obras como pensador social han sido traducidas a varios idiomas. Por su entrega desinteresada a la causa de la justicia, se ha ganado el respeto general y el amor de la clase trabajadora de todo el mundo y ha sido un ejemplo para muchos. Una vida capaz de inspirar y motivar así a otras vidas no ha dicho aún su última palabra y seguramente dará que hablar en el futuro.

Entre las fuerzas que alimentan el espíritu anarquista no podemos ignorar a la ciencia. La investigación de los hechos crea, necesariamente, una actitud mental que cuestiona la autoridad a cada paso. Nada es sagrado sino la verdad e incluso la verdad es relativa y siempre puede ser absorbida en una concepción más amplia. Todo genuino estudiante de las ciencias naturales es un anarquista incipiente. Debe desechar toda autoridad impuesta, confiar en sí mismo y aceptar sólo lo que es capaz de probar. Al abordar el estudio de las cuestiones políticas y sociales, la mente científica necesariamente rechaza todo ese montón de afirmaciones unilaterales, verdades a medias y frases demagógicas que forman el día a día de la opinión política popular. La mente científica encuentra que los principios partidarios consisten en intereses de clase, ambiciones personales y el deseo de una mitad de la gente de gobernar la otra mitad. El buscador imparcial de la verdad encontrará que en la vida pública no existen altos ideales ni amor por el bien común. Al observarlo de cerca, el Estado nos muestra su verdadero rostro. Lejos de ser el guardián de los débiles y el administrador de justicia, se nos aparece, más bien, como el arma de los fuertes, los astutos y los ambiciosos. A pesar de su forma democrática, el actual gobierno, tal como los gobiernos absolutos del pasado, es una organización policial de las clases propietarias para la defensa de sus privilegios De no existir esta necesidad de defender los privilegios de la propiedad por la fuerza, el Estado no tendría razón de ser.

La glorificación del Estado como una especie de providencia omnisapiente no tiene fundamento histórico ni lógico. La creencia quijotesca de los socialistas en la captura del Estado por el proletariado, la expropiación de la burguesía y la dirección de la economía por el mismo Estado según  principios colectivistas es tan económicamente defectuosa como quimérica.

Cuando la inteligencia promedio haya comprendido y asimilado los principios de la justicia, cuando las personas hayan logrado su independencia económica, consecuencia inevitable de la evolución social, entonces el Estado habrá quedado obsoleto, su función histórica como guardián de la propiedad capitalista habrá terminado y, por lo tanto, deberá dejar paso a una nueva organización social basada en el principio voluntario, cooperativo y no coercitivo.



[1] Escrito en 1906. Alude, sin duda, a la Revolución de 1905, oleada de huelgas y motines que anticipaba la de 1917.


 JOSIAH WARREN, EL PRIMER ANARQUISTA AMERICANO,  POR WILLIAM BAILIE (Capítulo V). CAPÍTULO V ACTIVIDADES VARIAS En marzo de 1831, Warren...