JOSIAH WARREN, EL PRIMER ANARQUISTA AMERICANO,
POR WILLIAM BAILIE (CAPÍTULO IV).
CAPÍTULO
IV
ESFUERZOS
EDUCATIVOS
Vivía
en Spring Hill, cerca de Massillon, Ohio, un grupo de cuatro reformadores que
dirigía una escuela de trabajo para chicos. Estos hombres, originalmente comunistas,
habían cambiado sus puntos de vista gracias a su trato con Warren. Los mismos
esperaban pacientemente que se cumplieran los tres años en los que se habían
comprometido a dirigir la escuela para unirse al reformador de Cincinnati en su
experimento de una aldea libertaria. Con estas almas honestas, Warren decidió
aprovechar el tiempo e inició experimentos diseñados para probar la viabilidad
de aprender oficios sin largos periodos de instrucción. Él mismo tomó lecciones
de fabricación de carretas, volviéndose un trabajador competente en poco tiempo
y estimuló a algunos de los niños para que aprendan zapatería y otros oficios.
Los niños fueron tratados de acuerdo a los principios de la Equidad y la Soberanía
Personal. Se les permitió asumir la responsabilidad por su propia formación y,
al verse librados a sus propios recursos, formaron hábitos de pensamiento y decidieron
por sí mismos. También, en ocasiones, solicitaron consejos que recibieron con gratitud
y pagaron equitativamente el trabajo de sus maestros con su propio trabajo.
Este sistema funcionó, pues los intereses
y las capacidades innatas de los muchachos fueron despertadas y
aprendieron más en una semana de lo que solían aprender en un año por el método
común de la instrucción forzada.
Los
propios hijos de Warren estaban entrenados en los hábitos de la industria y la
autosuficiencia. El más asombroso ejemplo de los beneficiosos resultados de sus
Principios fue su hijo George. A los cuatro años el niño aprendió a usar
herramientas de carpintero. A los siete años aprendió a maquetar y compuso un
pequeño libro con páginas de una pulgada cuadrada. Siempre procedió como un
niño, explorando todos los campos de conocimiento abiertos a él. Era músico y,
a los diecisiete años, comenzó a enseñar para vivir. A los dieciocho años
construyó un órgano a partir del material en bruto. Se vendió al precio de
mercado de tales instrumentos. Siendo un buen trabajador de la madera,
construyó la mejor palizada de la ciudad. Era también un experto en el uso del
lápiz y el pincel y ganó también algún dinero pintando algunos de los más
artísticos carteles de esta parte del país. A los diecinueve años, el joven era
considerado uno de los mejores directores de orquesta del Oeste. Cuando tenía
veintiún años, fue nombrado compositor de música de banda y siempre fue un
intérprete consumado de clarinete, trompa, trombón, saxcorno, corneta, violín y
violonchelo. También aprendió a hacer escritorios y se convirtió en un fabricante exitoso.
El
siguiente pasaje de Comercio Justo (Segunda edición, página 50) resume las
opiniones de Warren sobre los principios que deben observarse en la educación
de los jóvenes y muestra lo adelantado que se encontraba respecto de su
generación tanto en éste como en otros temas:
"¿Qué
es la educación? ¿Cuál es el poder de la educación? ¿En quién confiamos el
tremendo poder de formar los caracteres y determinar los destinos de la futura
generación? El poder educativo existe en
todo lo que nos rodea. Si el objetivo de la educación es formar a los niños
para la vida adulta, entonces la educación debe basarse en aquellas prácticas y
principios que se les exigirán en la vida adulta. Si queremos que, en la vida
adulta, practiquen la equidad unos con otros debemos tratarlos equitativamente.
Si queremos que respeten la propiedad de los demás, debemos respetar su
propiedad. Si queremos que respeten las peculiaridades individuales y la
libertad de los demás, debemos respetar sus peculiaridades individuales y su
libertad personal. Si queremos que conozcan y reclamen, en la edad adulta, la
justa recompensa de su trabajo, debemos
darles la justa recompensa de su trabajo en la infancia.
Si
queremos capacitarlos para que sepan valerse por sí mismos en la vida futura,
tenemos que darles la posibilidad de hacer lo mismo en la infancia y en la
juventud. Si queremos que, en la edad adulta, sean capaces de autogobernarse,
debemos darles la oportunidad de gobernarse a sí mismos en la infancia. Si
queremos que se gobiernen racionalmente, teniendo en cuenta las consecuencias
de sus actos, ha de permitírseles que, también durante la infancia, sufran las consecuencias de sus actos. Los
niños son, principalmente, hechuras del ejemplo. Si les maltratamos, ellos se
maltratarán unos a otros. Si ven que nosotros intentamos gobernarnos
mutuamente, ellos imitarán la misma barbarie. Si, por lo general, respetamos la
soberanía personal en cada uno y en ellos, se volverán igualmente respetuosos
de nuestros derechos y de los derechos de los demás”.

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