miércoles, 1 de septiembre de 2021

 JOSIAH WARREN,
EL PRIMER ANARQUISTA AMERICANO, 
POR WILLIAM BAILIE (Capítulo V).


CAPÍTULO V

ACTIVIDADES VARIAS

En marzo de 1831, Warren regresó a Cincinnati para comenzar los preparativos de su siguiente movimiento, una aldea de Equidad. Comenzó por investigar cuáles serían las ramas de la industria de mayor utilidad para una nueva comunidad. No teniendo fe en la cooperación de los capitalistas en los movimientos reformistas, creía que la obra debía ser hecha por aquellos que no tenían más que sus manos, su tiempo y sus necesidades. Pero ¿cómo estas personas podrían estar disponibles? Para responder a la pregunta, este infatigable reformador inició una serie de experimentos prácticos en la herrería, la carpintería, la construcción de casas, el hilado a máquina y la elaboración de diversos artículos de primera necesidad. Pero lo más importante de todo fueron sus esfuerzos por simplificar y abaratar el arte de la impresión.

El año 1832 Cincinnati fue azotada por una epidemia de cólera. Sin tener ningún entrenamiento como médico, Warren se dispuso, de inmediato, a echar una mano a sus conciudadanos. Utilizó sus habilidades mecánicas para imprimir miles de folletos con instrucciones para combatir la terrible enfermedad. La información -los primeros síntomas de la enfermedad, los primeros auxilios, el mejor tratamiento- la obtuvo de las obras de un médico escocés, el Dr. James B. Kirk, una autoridad reconocida en la materia. Imprimió las hojas por su cuenta en una pequeña imprenta inventada por él mismo, y las distribuyó durante varios meses por toda la ciudad. Su hijo, el ahora capitán G.W. Warren de Evansville, Indiana -por entonces un muchacho de seis o siete años que solía ayudar a su padre en estas misiones- todavía recuerda el placer que experimentó el autor de sus días  cuando un ciudadano bien conocido, encontrándolo en las calles comprometido en su humanitaria tarea, lo detuvo, lo felicitó y le agradeció calurosamente. El capitán Warren afirma que el gobierno de la ciudad aprobó, posteriormente, una resolución de agradecimiento a su padre. Pero los registros públicos de la ciudad han sido  destruidos por el fuego y no hemos podido obtener ninguna copia de la resolución.

Durante este período, la música  fue la ocupación regular de Warren, siendo a menudo solicitados sus servicios como director de banda. Los masones y los miembros de otras órdenes fraternales solían celebrar funerales públicos para aquellos de sus hermanos que hubiesen sucumbido a la epidemia y en dichos funerales, que ocurrían casi todos los días, solía verse a Warren a la cabeza de la banda, tocando la marcha fúnebre. Tanto gracias a este trabajo profesional como a su dedicada labor en la impresión y distribución de folletos, el reformador era, por entonces, una figura popular en las calles de Cincinnati.

En enero de 1833 apareció The Peaceful Revolutionist ("El Revolucionario Pacífico"), el primer periódico de Warren, pero no sobrevivió al mismo año. Era un semanario de cuatro páginas dedicado a los principios de la Equidad, de tipografía y diseño amigables y amenos. Tan primitivos en este tiempo eran sus recursos y tan maravillosos su habilidad e ingenio que las placas de impresión se fundieron en el mismo fuego donde su esposa preparaba las comidas familiares. La imprenta que utilizó fue de su propia invención y con sus propias manos hizo los tipos. No sólo escribir e imprimir sino, también, construir la imprenta.  ¿Hubo alguna vez una empresa más autosuficiente? ¡Qué entusiasta devoción a una idea, qué decisión apasionada se mostraron aquí!

Hagamos una pausa para imaginar la vida que, hace ya setenta años, llevaba este hombre a la vez notable y modesto. Viviendo en una región remota y escasamente poblada, sostenía a su pequeña familia con su trabajo como músico de banda. Al mismo tiempo, su corazón se hallaba absorbido por los movimientos dedicados al bienestar general. Sus talentos estaban dedicados a la causa y sus momentos libres ocupados en invenciones destinadas a simplificar y  abaratar el arte de la impresión, en interés de la propaganda. Y, a pesar de que no buscaba ventajas personales ni lo movían intereses materiales, nunca se presentó a sí mismo como un filántropo, nunca pensó en su incesante actividad como un "sacrificio".  Lo impulsaba una simple y cálida simpatía por el prójimo y, a través de todas las vicisitudes y decepciones, mantuvo firme su fe en la regeneración final de la humanidad.

El condado de Tuscarawas, en Ohio, fue elegido como el lugar en el que surgiría la primera aldea de la Equidad. El pionero y sus amigos compraron cuatrocientas acres de tierra y así, a principios de 1835,  cerca de media docena de familias, incluyendo a los ya mencionados adherentes de Spring Hill, tomó posesión de la finca. Lamentablemente, al poco tiempo se descubrió que, en este lugar, la malaria y otros males eran endémicos, a pesar de lo cual se llegaron a edificar un aserradero y varias casas. Pero los colonos no se atrevían a invitar a otras personas mientras la influenza y la malaria los enfermaban y diezmaban. La idea de construir una comunidad en esta región fue abandonada pero, habiendo invertido hasta su último dólar en terrenos y construcciones, no podían salir de inmediato y pasaron casi dos años hasta que consiguieron casas en otros lugar e incluso entonces sólo pudieron abandonar tan malhadado paraje sacrificando casi todo su trabajo e inversiones.

En esta ocasión, Warren no había chocado con los hombres sino con los elementos y, como era de esperarse, se consideró derrotado pero no vencido. En 1837 volvió a New Harmony, la comunidad de Owen, que, a pesar del fracaso del comunismo, se había convertido en una ciudad próspera.

Sin embargo, la semilla de la utopía y el descontento social arrojada por Robert Owen nunca murió y, cada cierto tiempo, rebrotaba en olas de entusiasmo comunista. Diez o doce años más tarde, cuando los acontecimientos de 1825-26 en New Harmony habían sido olvidados, el esfuerzo cooperativo tomó la nueva forma del fourierismo, cundió la propaganda de los entusiastas del falansterio y la región vio pronto multiplicarse a las falanges y comunidades. La causa encontró en Horace Greeley un entusiasta patrocinador en la prensa. Aquellos fueron, también, los años en que se desarrolló el experimento de la Granja Brook, cuya fama perdura hasta hoy en la literatura americana. Hasta que esta ola se calmó y los comunistas sinceros pero equivocados aprendieron la inevitable pero melancólica lección, el reformista individualista decidió guardar silencio y mantenerse al margen. Luego pasó algunos años en actividades mecánicas, durante las cuales inventó la prensa de cilindro.

 



 JOSIAH WARREN, EL PRIMER ANARQUISTA AMERICANO,

POR WILLIAM BAILIE (CAPÍTULO IV).


CAPÍTULO IV

ESFUERZOS EDUCATIVOS

Vivía en Spring Hill, cerca de Massillon, Ohio, un grupo de cuatro reformadores que dirigía una escuela de trabajo para chicos. Estos hombres, originalmente comunistas, habían cambiado sus puntos de vista gracias a su trato con Warren. Los mismos esperaban pacientemente que se cumplieran los tres años en los que se habían comprometido a dirigir la escuela para unirse al reformador de Cincinnati en su experimento de una aldea libertaria. Con estas almas honestas, Warren decidió aprovechar el tiempo e inició experimentos diseñados para probar la viabilidad de aprender oficios sin largos periodos de instrucción. Él mismo tomó lecciones de fabricación de carretas, volviéndose un trabajador competente en poco tiempo y estimuló a algunos de los niños para que aprendan zapatería y otros oficios. Los niños fueron tratados de acuerdo a los principios de la Equidad y la Soberanía Personal. Se les permitió asumir la responsabilidad por su propia formación y, al verse librados a sus propios recursos, formaron hábitos de pensamiento y decidieron por sí mismos. También, en ocasiones, solicitaron consejos que recibieron con gratitud y pagaron equitativamente el trabajo de sus maestros con su propio trabajo. Este sistema funcionó, pues los intereses  y las capacidades innatas de los muchachos fueron despertadas y aprendieron más en una semana de lo que solían aprender en un año por el método común de la instrucción forzada.

Los propios hijos de Warren estaban entrenados en los hábitos de la industria y la autosuficiencia. El más asombroso ejemplo de los beneficiosos resultados de sus Principios fue su hijo George. A los cuatro años el niño aprendió a usar herramientas de carpintero. A los siete años aprendió a maquetar y compuso un pequeño libro con páginas de una pulgada cuadrada. Siempre procedió como un niño, explorando todos los campos de conocimiento abiertos a él. Era músico y, a los diecisiete años, comenzó a enseñar para vivir. A los dieciocho años construyó un órgano a partir del material en bruto. Se vendió al precio de mercado de tales instrumentos. Siendo un buen trabajador de la madera, construyó la mejor palizada de la ciudad. Era también un experto en el uso del lápiz y el pincel y ganó también algún dinero pintando algunos de los más artísticos carteles de esta parte del país. A los diecinueve años, el joven era considerado uno de los mejores directores de orquesta del Oeste. Cuando tenía veintiún años, fue nombrado compositor de música de banda y siempre fue un intérprete consumado de clarinete, trompa, trombón, saxcorno, corneta, violín y violonchelo. También aprendió a hacer escritorios  y se convirtió en un fabricante exitoso.

El siguiente pasaje de Comercio Justo (Segunda edición, página 50) resume las opiniones de Warren sobre los principios que deben observarse en la educación de los jóvenes y muestra lo adelantado que se encontraba respecto de su generación tanto en éste como en otros temas:

 

"¿Qué es la educación? ¿Cuál es el poder de la educación? ¿En quién confiamos el tremendo poder de formar los caracteres y determinar los destinos de la futura generación?  El poder educativo existe en todo lo que nos rodea. Si el objetivo de la educación es formar a los niños para la vida adulta, entonces la educación debe basarse en aquellas prácticas y principios que se les exigirán en la vida adulta. Si queremos que, en la vida adulta, practiquen la equidad unos con otros debemos tratarlos equitativamente. Si queremos que respeten la propiedad de los demás, debemos respetar su propiedad. Si queremos que respeten las peculiaridades individuales y la libertad de los demás, debemos respetar sus peculiaridades individuales y su libertad personal. Si queremos que conozcan y reclamen, en la edad adulta, la justa recompensa de su trabajo,  debemos darles la justa recompensa de su trabajo en la infancia.

Si queremos capacitarlos para que sepan valerse por sí mismos en la vida futura, tenemos que darles la posibilidad de hacer lo mismo en la infancia y en la juventud. Si queremos que, en la edad adulta, sean capaces de autogobernarse, debemos darles la oportunidad de gobernarse a sí mismos en la infancia. Si queremos que se gobiernen racionalmente, teniendo en cuenta las consecuencias de sus actos, ha de permitírseles que, también durante la infancia,  sufran las consecuencias de sus actos. Los niños son, principalmente, hechuras del ejemplo. Si les maltratamos, ellos se maltratarán unos a otros. Si ven que nosotros intentamos gobernarnos mutuamente, ellos imitarán la misma barbarie. Si, por lo general, respetamos la soberanía personal en cada uno y en ellos, se volverán igualmente respetuosos de nuestros derechos y de los derechos de los demás”.

 

 



 JOSIAH WARREN, EL PRIMER ANARQUISTA AMERICANO,
POR WILLIAM BAILIE (CAPÍTULO III).


CAPÍTULO III

RELACIONES CON ROBERT DALE OWEN

Tal como les ocurre a todos aquellos que trabajan seriamente por la justicia en las relaciones humanas, también Warren sufriría muchas decepciones, también vería frustradas muchas de sus esperanzas y también vería muchas prometedoras plantas arrancadas de raíz antes de alcanzar el éxito. No menos entusiasta por la misma causa era Robert Dale Owen, quien, cuando Warren estaba repleto de ideas sobre una aldea cooperativa, lo contactó en Cincinnati. Owen era rico y, en asociación con Frances Wright, era por entonces editor y propietario de un influyente órgano de reforma social, The Free Enquirer, publicado en Nueva York. Manifestó mucho interés en los puntos de vista de Warren, lo invitó a Nueva York y se ofreció a proporcionar lo medios para fundar, en esa ciudad, una institución dedicado al comercio equitativo, señaló el bien que podría ser logrado por la prensa y otros medios de propaganda y educación que él controlaba y sugirió, también, la posibilidad de ayudar en la formación de comunidades basadas en la equidad y la soberanía individual.

Ganado por completo por el entusiasmo y la generosidad de Owen, Warren se dirigió a Nueva York a mediados del año 1830. Allí conoció a Frances "Fanny" Wright, la primera mujer abolicionista. Conferencista popular y convincente, reformadora lúcida y valiente, escritora erudita y poderosa, era una fuerza digna de ser ganadas a los Principios. Wright no era comunista, aunque había pasado algún tiempo con Robert Owen en New Harmony. Sus inclinaciones intelectuales eran individualistas y Warren encontró en ella una oyente muy comprensiva. Simpatizaron de inmediato y, a partir de entonces, su trabajo fue inspirado por la filosofía social de Warren.

En aquel momento, ella escribía la mayoría de los editoriales de The Free Enquirer y muy pronto la influencia de Warren se hizo patente en los mismos. En una serie de artículos sobre "La riqueza y el dinero" podemos rastrear esta influencia rindiendo, en el séptimo de los mismos, con fecha del 23 de octubre de 1830, un tributo a Josiah Warren del cual  cito el siguiente pasaje:

"Retirado en Cincinnati, pasó dos años en un experimento que, tanto por la silenciosa y humilde perseverancia con la que fue conducido como por las importantes verdades que aclaró, debe tener pocos paralelos en la historia. Sin dinero, respaldos ni influencias, sin ningún apoyo fuera de su propia convicción en el valor de su principio y de las consecuencias beneficiosas que la práctica del mismo traería a todos, explicó con perfecta claridad la posibilidad de vivir en la abundancia utilizando sólo un tercio del trabajo que hoy se usa y librándonos de la angustia que hoy, inevitablemente, conllevan los intercambios monetarios".

 

"Pero las ventajas materiales de este nuevo principio de comercio constituyen tan sólo la mitad de sus virtudes. Toda mente inteligente y bienintencionada descubrirá, también, sus ventajas morales. No sólo constituye un estímulo honesto a la industria sino que elimina toda tentación de fraude y toda posibilidad de especulación ruinosa y corruptora. Abre a cada ser humano el camino de una independencia honesta y libera tanto a la juventud como al bello sexo de la opresión y el abuso que hoy pesan sobre su trabajo. Tiende una mano, también, al marginado y al vagabundo, estimulándolos al trabajo honesto y liberándolos de la condena social y de la suspicacia del fariseo. Por último, devuelve a la raza humana su primer derecho natural, la libertad individual, completa e igual para todos".

Durante este período Warren fue discreto y modesto -como, en general, lo fue durante toda su vida- y su firma apareció en el periódico muy pocas veces. Las notas del Free Enquirer sobre el intercambio equitativo de trabajo (julio de 1830) están firmadas "J. W.". También lo está una pieza satírica sobre los políticos, los legisladores y los tribunales de justicia en la que Warren demuestra, a la vez, humor y sentido común. Por aquellos tiempos, el New York Daily Sentinel publicó un editorial llamando la atención sobre las nuevas ideas de "un individuo de Cincinnati", ideas a las que recomendaba como la única solución posible a los problemas laborales y sociales, ilustrando los Principios con un diálogo en el que el reformador respondía a algunas objeciones.

Los compromisos previos de Owen fueron retrasando el cumplimiento del plan que llevó a Warren a Nueva York. Además, Owen tuvo que ir a Europa donde permaneció varios meses, hasta que la muerte de un pariente cercano cambió todos sus planes. Warren se cansó de esperar que donara algo para apoyar los Principios y, en el otoño de 1830, regresó a Ohio.

 

 

 



 JOSIAH WARREN, EL PRIMER ANARQUISTA AMERICANO,

POR WILLIAM BAILIE (CAPÍTULO II).

 

CAPÍTULO II

LA PRIMERA “TIENDA DE TIEMPO”

El 18 de mayo de 1827 se abrió, sin grandes ceremonias, una pequeña tienda en la esquina de las calles Quinta y Elm de Cincinnati, tienda que, sin dejar de tener un criterio comercial, buscaba, también, el bienestar de la sociedad. Fue la primera Tienda de Equidad, diseñada para ilustrar el Principio del Costo, germen del movimiento cooperativo del futuro.

Cuando las ventajas de la tienda se hicieron conocidas y su método fue bien comprendido, la misma se convirtió en la más popular institución mercantil de la ciudad. La gente la llamaba "Time Store" no porque diera crédito o vendiera mercancías a plazos, sino por el método peculiar y original adoptado para fijar y regular el importe de la remuneración del comerciante. El mismo se determinó sobre el principio del intercambio equitativo de trabajo, medido por el tiempo ocupado, e intercambiando horas de un tipo de trabajo por horas de otro tipo de trabajo. Veamos un ejemplo. Se coloca un reloj en un lugar visible de la tienda. Viene el cliente. Todas las mercancías están marcadas con un precio en cifras monetarias formado por el coste más un porcentaje por transporte, desgaste, alquiler y otros gastos afines, generalmente cerca de cuatro centavos de dólar. El comprador selecciona lo que necesita, sin demasiada asistencia o incitación del vendedor, y paga por dichas mercancías en moneda de curso legal. El tiempo pasado por el comerciante en la espera de que el cliente se decida se calcula con el reloj y, en pago por este servicio, el cliente extiende una nota de trabajo, algo más o menos así: "Debo a Josiah Warren treinta minutos de  trabajo de carpintero, John Smith" o " Debo a Josiah Warren diez minutos de costura, Mary Brown".

El encargado del almacén, así, intercambiaba su tiempo con una cantidad igual del tiempo de sus clientes. No existía beneficio en el sentido más común del término. Se aplicaba el principio de trabajo por trabajo, el Principio del Costo en su forma más primitiva, que, a través de la experiencia, fue modificado para permitir las diferentes valoraciones de los diversos tipos de trabajo.

¿Cuáles fueron los resultados del sistema del Costo? En primer lugar, evitó el desperdicio innecesario del tiempo del vendedor por parte de compradores irreflexivos. Al mismo tiempo, el marcado de cada mercancía a precio de costo evitó las subidas y promovió el respeto mutuo y la confianza, eliminando toda suspicacia. Fue Robert Owen quien, en un plan ideado en 1820 para aliviar los sufrimientos de la clase trabajadora de Irlanda, propuso por primera vez el uso de notas laborales. Sin embargo, la idea no fue puesta en práctica hasta que Warren, a su manera y con éxito, lo hizo.

 

Su tienda era, también, una revista para el depósito de productos vendibles. Cada mañana se presentaba un informe de la demanda mostrando qué bienes serían hacían falta y, por consiguiente, serían bien recibidos. El depositante de dichos bienes era libre de tomar a cambio o bien otras mercancías de un valor igual o bien notas de trabajo. Y, como estas notas laborales se expresaban en horas y no en dólares, se consideró conveniente tener en exhibición una lista con el costo de producción promedio de todos los artículos básicos, expresado en horas. Además, el público tenía acceso a las facturas de todos los bienes comprados, de modo que no pudiera existir ningún motivo de disputa en cuanto al precio.

La simple medida de aceptar, únicamente, mercancías de las que se supiera a ciencia cierta que tenían demanda impidió cualquier posible crisis de superabundancia, error que, unos años más tarde, fue, en gran medida, responsable del colapso, después de una breve existencia, de la Bolsa de Trabajo de Robert Owen en Londres.

No existían reglas ni reglamentos que sorprendiesen  al público en la Tienda de Equidad. Bastaba con la siguiente nota:

"Cualquiera que sean los acuerdos que se hagan de vez en cuando en este lugar, estarán sujetos a alteración o supresión, siempre que las cambiantes circunstancias o un nuevo y mejor conocimiento de la naturaleza de las cosas pueda demostrar la necesidad de un cambio".

Aunque todos sus esfuerzos fuesen guiados por ideales  justos, humanos y desinteresados,  Warren también sabía que el propio interés, surgido del instinto de autopreservación, es el principal móvil de la conducta humana, y nunca le interesó perder tiempo con reformas que ignorasen esta ley natural. Creía que el primer paso para hacer el bien a los demás era demostrarles que no poseía ningún poder para hacerles daño y que "huía del poder con tanta velocidad como la mayoría de los reformadores lo persigue".

Los inicios de la Tienda de Equidad fueron, todo hay que decirlo, poco auspiciosos.  Durante la primera semana el monto total de las operaciones realizadas apenas superó los cinco dólares. Algunas personas desconfiaron o la denunciaron como una nueva estafa, mientras que los amigos del fundador lo instaban a abandonar la búsqueda de Utopías, ofreciéndole ayuda en la construcción de un negocio que le brindara verdaderos beneficios.

Tras pasar varios días sin un solo cliente, logró convencer a su hermano George para que hiciera algunas compras para su familia. Poco tiempo después y con muchas dudas al principio, unos cuantos amigos más probaron el sistema y, muy pronto, al descubrir que los beneficiaba, extendieron la buena nueva. Tan evidentes eran las ventajas pecuniarias del comercio equitativo que el espíritu cooperativo se propagó con gran rapidez y, finalmente, la tienda terminó por absorber por completo el tiempo y las energías del reformador. El comerciante de la esquina decidió que había llegado el momento de adoptar el plan de equidad o cerrar. Se acercó a Warren, le explicó su dilema y ​​le rogó que le instruyera sobre qué hacer para recuperar su negocio con este nuevo plan. El fundador del Comercio Equitativo estaba muy feliz de ayudar a su hermano comerciante a convertir su tienda en una "tienda de tiempo" y de ver cómo los nuevos métodos eran adoptados por la competencia. Finalmente, la innovación afectó al comercio minorista de toda la ciudad.

Parece, por lo tanto, que Warren fue el precursor de la tendencia empresarial  moderna  hacia una distribución más eficiente y económica en beneficio del consumidor. Hasta hoy, su aplicación de la idea de la nota de trabajo ha tenido numerosos imitadores. Estas notas demostraron su utilidad y aceptabilidad en la práctica sustituyendo con frecuencia, en las transacciones locales, al dinero o a cualquier metal precioso.

Por aquellos días, Warren llevó un diario. En el mismo anota: "A menudo se me ha preguntado, ¿Qué puede inducir a los abogados, médicos y a otros profesionales a intercambiar sus servicios en pie de igualdad con otros trabajos que, por lo menos actualmente, se encuentran mal pagados? Los motivos son, prácticamente, infinitos y el respeto por la individualidad me enseña a no sondear demasiado en asuntos que, finalmente, no son de mi incumbencia. Pero el hecho es que, gracias a este principio, podemos disponer en cualquier momento de los servicios de un excelente abogado, de larga experiencia e integridad a toda prueba. Y que tengo en mano, en este momento, las notas laborales de tres médicos, dos de los cuales están entre los mejores que conozco" (28 de noviembre de 1828).

Aunque muchos amigos que simpatizaban con la Tienda de Equidad deseaban reunir capital para ampliarla, el fundador desalentó la idea. Él la veía, simplemente, como la primera ilustración de unos principios universales que tendrían aplicaciones más importantes. Tampoco olvidó que había una injusticia en eliminar una clase de intermediarios mientras subsistían otros en la industria y el comercio, intermediarios que serían suprimidos por una aplicación más amplia de estos principios. Entre los primeros que ofrecieron estímulo y ayuda sustancial al pionero de la Equidad se encontraba un comerciante al por mayor que le dijo una vez "Probablemente no vivamos para verlo, pero llegará el día en que todos los negocios del mundo se basen en estos principios".

No puede decirse que los clientes de la tienda no comprendiesen el sistema o que no apreciaran sus ventajas. Un día, un campesino vino a buscar un barril de caballa, que sabía que costaba ocho dólares en la tienda. Lanzando sobre el mostrador la cantidad exacta, el rústico, a toda prisa, sin detenerse ni siquiera a respirar, exclamó: "Quiero un barril de su caballa, aquí está el dinero y le agregué un centavo por su tiempo. No necesita venir conmigo, yo sé dónde están. Adiós".

Warren, sin embargo, no se creía bajo obligación alguna de extender las ventajas del comercio justo (o equitativo) a aquéllos que no estaban dispuestos a actuar según el mismo principio en otros tratos.

 

Hemos visto que, en la tienda, aquellos que tuvieran productos  podían intercambiarlos por otros siempre que los suyos tuvieran demanda. También sirvió como una bolsa de trabajo para quienes se hallasen en busca de empleo y, mediante esta función derivada, sirvió para dirigir la atención del reformador a los largos e inútiles aprendizajes por los cuales estaban protegidos los oficios más comunes.

Sobre este tema escribió en 1827: "Es doloroso presenciar el gran número de personas en busca de empleo que no poseen los conocimientos y habilidades que pide el Informe de la Demanda. Es doloroso, también, escuchar la respuesta que nos dan dichos solicitantes cuando les decimos que se fijen en los trabajos pedidos en el informe. Responden que no pueden aprender un nuevo oficio sin un largo y costoso aprendizaje. Me parece, por lo tanto, importante refutar la necesidad de un largo aprendizaje y abrir los secretos de los oficios para que los mismos puedan obtenerse en términos equitativos". Se abría, entonces, un nuevo campo para la experimentación de nuevas ideas y aparecía un incentivo adicional para dar por terminada la experiencia de la tienda y aplicar los mismos principios al trabajo y a la tierra por medio de una aldea cooperativa.

Podemos hacernos una idea acerca del carácter del joven reformador y del alto concepto que tenían de él aquellos que lo conocían cuando abrió la tienda en Cincinnati, por el hecho de que consiguió el capital requerido del Banco de los Estados Unidos gracias al aval de dos caballeros, uno de los cuales era un pilar de la Iglesia Episcopal Metodista y el otro, un prominente presbiteriano. Y eso, a pesar de que ambos sabían del absoluto desacuerdo de Warren con todos los sistemas de teología. Su amigo metodista, el capitán Richard Folger, era un fervoroso creyente en la Equidad, como lo demuestra la siguiente historia, relatada por Warren: “En cierta ocasión en que sus correligionarios se hallaban discutiendo algún difícil punto de la doctrina de la fe, el capitán, de pronto, los interrumpió diciendo “Bien, hermanos, la gente ha discutido por mil ochocientos años cuál es la verdad del cristianismo. Si nos vamos ahora mismo a la esquina de las calles Quinta y Elm, la veremos en funcionamiento por primera vez en la historia  del mundo”.

Éste era el mismo amigo que, al recibir notas de trabajo en la tienda a cambio de su harina de maíz, se dedicó durante  tres semanas, interrumpiendo su propio trabajo, a exponer ante sus conocidos, de tienda en tienda, los principios del Comercio Equitativo, concluyendo siempre su discurso con la entrega, a cada oyente, de una de las notas de trabajo, a fin de que prueben ellos mismos el nuevo sistema en la tienda de tiempo.

Otra anécdota de aquellos días ilustra de forma tan clara las ideas de Warren sobre los intereses y los préstamos que me aventuro aquí a narrarla.

 

Un día, un amigo de Warren llevó a la tienda a un hombre, a quien Warren no conocía, que estaba a punto de ser expulsado de su casa por no pagar la renta de trece dólares. Además, había vendido sus muebles. Estaba, por lo tanto, en apuros y necesitaba el dinero que, aseguraba, podría devolver después de dos semanas, ofreciéndose, además, el amigo común como garante. Sin pensarlo dos veces, Warren extrajo el dinero  de los fondos de la tienda y se lo prestó. Al final de la quincena, el extraño le dijo: "Tu préstamo nos salvó a mí y a mi familia de tal angustia que con mucho gusto le pagaré cualquier prima".

-Usted no conoce -replicó el reformador- los principios sobre los cuales trabajamos aquí.

-No importa, nunca podré agradecerle lo suficiente. Pídame lo que quiera.

-Por lo que veo -replicó Warren- nuestro común amigo no le ha informado de nuestras ideas acerca de los préstamos de dinero. Para nosotros, el interés no debe ser un beneficio del prestamista sino, simplemente, una compensación que cubra los costos de la operación. El prestamista empleó cerca de cinco minutos en prestar el dinero y empleará, aproximadamente, el mismo tiempo en recibirlo de nuevo. En este caso, además, todo estaba asegurado y no había riesgo ni pérdida. Sólo tiene usted que compensarme por mi trabajo. Si pudiera darme un equivalente en su propio trabajo, sería perfecto pero como en este momento no puede hacerlo, le aceptaré siete centavos.

- No lo entiendo, estoy hablando en serio, realmente deseo pagar por el gran beneficio que usted nos ha hecho.

- Yo también hablo en serio -respondió el prestamista. Todo lo que usted me debe son siete centavos y es un pago enteramente justo. ¿No le parece que debo estar satisfecho al recibir cincuenta centavos por hora por mi trabajo de prestar dinero cuando el trabajador más esforzado obtiene la misma suma por su trabajo de un día entero?

Aquí tenemos un ejemplo concreto de la teoría de Warren del Costo como Límite del Precio, teoría económica que comprendía también un principio ético que debe ser aceptado inteligentemente como base de todas las relaciones pecuniarias y comerciales para que el Principio del Costo pueda ser universalmente practicado. Al hablar de Costo, Warren se refería a los sacrificios involucrados y no sólo al tiempo. Lo fundamental era que el precio nunca excediere el costo así determinado.

Lleno de entusiasmo por unos principios que estaba convencido de que resolverían los problemas económicos más profundos de la sociedad, anhelaba verlos aplicados a la producción de riqueza tal como ya los había probado en cuanto a su distribución. Y, con el fin de ser libre para poner manos a la obra en este campo, decidió terminar el experimento de la tienda. Por consiguiente, el público fue avisado con varios meses de anticipación, se cumplieron todas las obligaciones y, después de dos años de operaciones exitosas, el reformador se encontró, financieramente hablando, en la misma posición que al principio, pero moralmente más convencido que nunca  de las bellezas de la Equidad y de la necesidad de su realización. Ahora se trataba "llevar a cabo los principios en todas las ramificaciones de la vida social, en un lugar permanente", un lugar donde la tierra estuviese al alcance de todos, sin un precio prohibitivo ni inflado por la especulación.

Durante su primera residencia  en Cincinnati, Warren obtuvo del Sr. Nicholas Longworth, un conocido propietario de bienes raíces, un arrendamiento por noventa y nueve años  de una propiedad que se extendía entre las calles Elm, John, Quinta y Novena, un total de ocho de las mejores manzanas de Cincinnati. Sobre esta finca construyó unas cuantas casas de ladrillo, en una de las cuales vivió varios años. Fue también ahí, en la esquina de las calles Quinta y Elm, donde estableció su primera Tienda de Equidad. Pero, después de que la tienda fue terminada, las convicciones de Warren respecto a la especulación inmobiliaria se fueron radicalizando. Convencido de que el único título legítimo a la propiedad es el trabajo y que, por lo tanto, la riqueza adquirida por un aumento del valor de la tierra que no es debido a ninguna mejora por parte del propietario sino a causas sociales ajenas a su voluntad se opone al principio de Equidad, decidió que no podía seguir con el arriendo de una finca cuyo valor seguiría aumentando precisamente por un motivo que no le parecía aceptable. Por lo tanto, fue donde el señor Longworth y le devolvió incondicionalmente el contrato de arrendamiento, privándose voluntariamente de unos derechos de propiedad que, de haber conservado, lo hubieran convertido, en pocos años, en un hombre rico.

 JOSIAH WARREN, EL PRIMER ANARQUISTA AMERICANO,  POR WILLIAM BAILIE (Capítulo V). CAPÍTULO V ACTIVIDADES VARIAS En marzo de 1831, Warren...