JOSIAH WARREN, EL PRIMER ANARQUISTA AMERICANO,
POR WILLIAM BAILIE (CAPÍTULO II).
CAPÍTULO
II
LA
PRIMERA “TIENDA DE TIEMPO”
El
18 de mayo de 1827 se abrió, sin grandes ceremonias, una pequeña tienda en la
esquina de las calles Quinta y Elm de Cincinnati, tienda que, sin dejar de
tener un criterio comercial, buscaba, también, el bienestar de la sociedad. Fue
la primera Tienda de Equidad, diseñada para ilustrar el Principio del Costo,
germen del movimiento cooperativo del futuro.
Cuando
las ventajas de la tienda se hicieron conocidas y su método fue bien
comprendido, la misma se convirtió en la más popular institución mercantil de
la ciudad. La gente la llamaba "Time Store" no porque diera crédito o
vendiera mercancías a plazos, sino por el método peculiar y original adoptado
para fijar y regular el importe de la remuneración del comerciante. El mismo se
determinó sobre el principio del intercambio equitativo de trabajo, medido por
el tiempo ocupado, e intercambiando horas de un tipo de trabajo por horas de
otro tipo de trabajo. Veamos un ejemplo. Se coloca un reloj en un lugar visible
de la tienda. Viene el cliente. Todas las mercancías están marcadas con un
precio en cifras monetarias formado por el coste más un porcentaje por
transporte, desgaste, alquiler y otros gastos afines, generalmente cerca de
cuatro centavos de dólar. El comprador selecciona lo que necesita, sin demasiada
asistencia o incitación del vendedor, y paga por dichas mercancías en moneda de
curso legal. El tiempo pasado por el comerciante en la espera de que el cliente
se decida se calcula con el reloj y, en pago por este servicio, el cliente
extiende una nota de trabajo, algo más o menos así: "Debo a Josiah Warren
treinta minutos de trabajo de
carpintero, John Smith" o " Debo a Josiah Warren diez minutos de
costura, Mary Brown".
El
encargado del almacén, así, intercambiaba su tiempo con una cantidad igual del
tiempo de sus clientes. No existía beneficio en el sentido más común del
término. Se aplicaba el principio de trabajo por trabajo, el Principio del
Costo en su forma más primitiva, que, a través de la experiencia, fue
modificado para permitir las diferentes valoraciones de los diversos tipos de
trabajo.
¿Cuáles
fueron los resultados del sistema del Costo? En primer lugar, evitó el
desperdicio innecesario del tiempo del vendedor por parte de compradores
irreflexivos. Al mismo tiempo, el marcado de cada mercancía a precio de costo
evitó las subidas y promovió el respeto mutuo y la confianza, eliminando toda
suspicacia. Fue Robert Owen quien, en un plan ideado en 1820 para aliviar los
sufrimientos de la clase trabajadora de Irlanda, propuso por primera vez el uso
de notas laborales. Sin embargo, la idea no fue puesta en práctica hasta que
Warren, a su manera y con éxito, lo hizo.
Su
tienda era, también, una revista para el depósito de productos vendibles. Cada
mañana se presentaba un informe de la demanda mostrando qué bienes serían
hacían falta y, por consiguiente, serían bien recibidos. El depositante de
dichos bienes era libre de tomar a cambio o bien otras mercancías de un valor
igual o bien notas de trabajo. Y, como estas notas laborales se expresaban en
horas y no en dólares, se consideró conveniente tener en exhibición una lista
con el costo de producción promedio de todos los artículos básicos, expresado
en horas. Además, el público tenía acceso a las facturas de todos los bienes
comprados, de modo que no pudiera existir ningún motivo de disputa en cuanto al
precio.
La
simple medida de aceptar, únicamente, mercancías de las que se supiera a
ciencia cierta que tenían demanda impidió cualquier posible crisis de
superabundancia, error que, unos años más tarde, fue, en gran medida,
responsable del colapso, después de una breve existencia, de la Bolsa de
Trabajo de Robert Owen en Londres.
No existían reglas ni reglamentos que
sorprendiesen al público en la Tienda de
Equidad. Bastaba con la siguiente nota:
"Cualquiera
que sean los acuerdos que se hagan de vez en cuando en este lugar, estarán
sujetos a alteración o supresión, siempre que las cambiantes circunstancias o
un nuevo y mejor conocimiento de la naturaleza de las cosas pueda demostrar la
necesidad de un cambio".
Aunque
todos sus esfuerzos fuesen guiados por ideales
justos, humanos y desinteresados,
Warren también sabía que el propio interés, surgido del instinto de
autopreservación, es el principal móvil de la conducta humana, y nunca le
interesó perder tiempo con reformas que ignorasen esta ley natural. Creía que
el primer paso para hacer el bien a los demás era demostrarles que no poseía
ningún poder para hacerles daño y que "huía del poder con tanta velocidad
como la mayoría de los reformadores lo persigue".
Los
inicios de la Tienda de Equidad fueron, todo hay que decirlo, poco
auspiciosos. Durante la primera semana
el monto total de las operaciones realizadas apenas superó los cinco dólares.
Algunas personas desconfiaron o la denunciaron como una nueva estafa, mientras
que los amigos del fundador lo instaban a abandonar la búsqueda de Utopías,
ofreciéndole ayuda en la construcción de un negocio que le brindara verdaderos
beneficios.
Tras
pasar varios días sin un solo cliente, logró convencer a su hermano George para
que hiciera algunas compras para su familia. Poco tiempo después y con muchas
dudas al principio, unos cuantos amigos más probaron el sistema y, muy pronto,
al descubrir que los beneficiaba, extendieron la buena nueva. Tan evidentes eran
las ventajas pecuniarias del comercio equitativo que el espíritu cooperativo se
propagó con gran rapidez y, finalmente, la tienda terminó por absorber por
completo el tiempo y las energías del reformador. El comerciante de la esquina
decidió que había llegado el momento de adoptar el plan de equidad o cerrar. Se
acercó a Warren, le explicó su dilema y le rogó que le instruyera sobre qué
hacer para recuperar su negocio con este nuevo plan. El fundador del Comercio
Equitativo estaba muy feliz de ayudar a su hermano comerciante a convertir su
tienda en una "tienda de tiempo" y de ver cómo los nuevos métodos
eran adoptados por la competencia. Finalmente, la innovación afectó al comercio
minorista de toda la ciudad.
Parece,
por lo tanto, que Warren fue el precursor de la tendencia empresarial moderna
hacia una distribución más eficiente y económica en beneficio del
consumidor. Hasta hoy, su aplicación de la idea de la nota de trabajo ha tenido
numerosos imitadores. Estas notas demostraron su utilidad y aceptabilidad en la
práctica sustituyendo con frecuencia, en las transacciones locales, al dinero o
a cualquier metal precioso.
Por
aquellos días, Warren llevó un diario. En el mismo anota: "A menudo se me
ha preguntado, ¿Qué puede inducir a los abogados, médicos y a otros
profesionales a intercambiar sus servicios en pie de igualdad con otros
trabajos que, por lo menos actualmente, se encuentran mal pagados? Los motivos
son, prácticamente, infinitos y el respeto por la individualidad me enseña a no
sondear demasiado en asuntos que, finalmente, no son de mi incumbencia. Pero el
hecho es que, gracias a este principio, podemos disponer en cualquier momento
de los servicios de un excelente abogado, de larga experiencia e integridad a
toda prueba. Y que tengo en mano, en este momento, las notas laborales de tres
médicos, dos de los cuales están entre los mejores que conozco" (28 de
noviembre de 1828).
Aunque
muchos amigos que simpatizaban con la Tienda de Equidad deseaban reunir capital
para ampliarla, el fundador desalentó la idea. Él la veía, simplemente, como la
primera ilustración de unos principios universales que tendrían aplicaciones
más importantes. Tampoco olvidó que había una injusticia en eliminar una clase
de intermediarios mientras subsistían otros en la industria y el comercio,
intermediarios que serían suprimidos por una aplicación más amplia de estos
principios. Entre los primeros que ofrecieron estímulo y ayuda sustancial al
pionero de la Equidad se encontraba un comerciante al por mayor que le dijo una
vez "Probablemente no vivamos para verlo, pero llegará el día en que todos
los negocios del mundo se basen en estos principios".
No
puede decirse que los clientes de la tienda no comprendiesen el sistema o que
no apreciaran sus ventajas. Un día, un campesino vino a buscar un barril de
caballa, que sabía que costaba ocho dólares en la tienda. Lanzando sobre el
mostrador la cantidad exacta, el rústico, a toda prisa, sin detenerse ni
siquiera a respirar, exclamó: "Quiero un barril de su caballa, aquí está
el dinero y le agregué un centavo por su tiempo. No necesita venir conmigo, yo
sé dónde están. Adiós".
Warren,
sin embargo, no se creía bajo obligación alguna de extender las ventajas del
comercio justo (o equitativo) a aquéllos que no estaban dispuestos a actuar
según el mismo principio en otros tratos.
Hemos
visto que, en la tienda, aquellos que tuvieran productos podían intercambiarlos por otros siempre que
los suyos tuvieran demanda. También sirvió como una bolsa de trabajo para
quienes se hallasen en busca de empleo y, mediante esta función derivada,
sirvió para dirigir la atención del reformador a los largos e inútiles
aprendizajes por los cuales estaban protegidos los oficios más comunes.
Sobre
este tema escribió en 1827: "Es doloroso presenciar el gran número de
personas en busca de empleo que no poseen los conocimientos y habilidades que
pide el Informe de la Demanda. Es doloroso, también, escuchar la respuesta que
nos dan dichos solicitantes cuando les decimos que se fijen en los trabajos
pedidos en el informe. Responden que no pueden aprender un nuevo oficio sin un
largo y costoso aprendizaje. Me parece, por lo tanto, importante refutar la
necesidad de un largo aprendizaje y abrir los secretos de los oficios para que
los mismos puedan obtenerse en términos equitativos". Se abría, entonces,
un nuevo campo para la experimentación de nuevas ideas y aparecía un incentivo
adicional para dar por terminada la experiencia de la tienda y aplicar los
mismos principios al trabajo y a la tierra por medio de una aldea cooperativa.
Podemos
hacernos una idea acerca del carácter del joven reformador y del alto concepto
que tenían de él aquellos que lo conocían cuando abrió la tienda en Cincinnati,
por el hecho de que consiguió el capital requerido del Banco de los Estados
Unidos gracias al aval de dos caballeros, uno de los cuales era un pilar de la
Iglesia Episcopal Metodista y el otro, un prominente presbiteriano. Y eso, a
pesar de que ambos sabían del absoluto desacuerdo de Warren con todos los
sistemas de teología. Su amigo metodista, el capitán Richard Folger, era un
fervoroso creyente en la Equidad, como lo demuestra la siguiente historia,
relatada por Warren: “En cierta ocasión en que sus correligionarios se hallaban
discutiendo algún difícil punto de la doctrina de la fe, el capitán, de pronto,
los interrumpió diciendo “Bien, hermanos, la gente ha discutido por mil
ochocientos años cuál es la verdad del cristianismo. Si nos vamos ahora mismo a
la esquina de las calles Quinta y Elm, la veremos en funcionamiento por primera
vez en la historia del mundo”.
Éste
era el mismo amigo que, al recibir notas de trabajo en la tienda a cambio de su
harina de maíz, se dedicó durante tres
semanas, interrumpiendo su propio trabajo, a exponer ante sus conocidos, de
tienda en tienda, los principios del Comercio Equitativo, concluyendo siempre
su discurso con la entrega, a cada oyente, de una de las notas de trabajo, a
fin de que prueben ellos mismos el nuevo sistema en la tienda de tiempo.
Otra
anécdota de aquellos días ilustra de forma tan clara las ideas de Warren sobre
los intereses y los préstamos que me aventuro aquí a narrarla.
Un
día, un amigo de Warren llevó a la tienda a un hombre, a quien Warren no
conocía, que estaba a punto de ser expulsado de su casa por no pagar la renta
de trece dólares. Además, había vendido sus muebles. Estaba, por lo tanto, en
apuros y necesitaba el dinero que, aseguraba, podría devolver después de dos
semanas, ofreciéndose, además, el amigo común como garante. Sin pensarlo dos
veces, Warren extrajo el dinero de los
fondos de la tienda y se lo prestó. Al final de la quincena, el extraño le
dijo: "Tu préstamo nos salvó a mí y a mi familia de tal angustia que con
mucho gusto le pagaré cualquier prima".
-Usted no conoce -replicó el reformador-
los principios sobre los cuales trabajamos aquí.
-No importa, nunca podré agradecerle lo
suficiente. Pídame lo que quiera.
-Por
lo que veo -replicó Warren- nuestro común amigo no le ha informado de nuestras
ideas acerca de los préstamos de dinero. Para nosotros, el interés no debe ser
un beneficio del prestamista sino, simplemente, una compensación que cubra los
costos de la operación. El prestamista empleó cerca de cinco minutos en prestar
el dinero y empleará, aproximadamente, el mismo tiempo en recibirlo de nuevo.
En este caso, además, todo estaba asegurado y no había riesgo ni pérdida. Sólo
tiene usted que compensarme por mi trabajo. Si pudiera darme un equivalente en
su propio trabajo, sería perfecto pero como en este momento no puede hacerlo,
le aceptaré siete centavos.
- No lo entiendo, estoy hablando en
serio, realmente deseo pagar por el gran beneficio que usted nos ha hecho.
-
Yo también hablo en serio -respondió el prestamista. Todo lo que usted me debe son
siete centavos y es un pago enteramente justo. ¿No le parece que debo estar
satisfecho al recibir cincuenta centavos por hora por mi trabajo de prestar
dinero cuando el trabajador más esforzado obtiene la misma suma por su trabajo
de un día entero?
Aquí
tenemos un ejemplo concreto de la teoría de Warren del Costo como Límite del
Precio, teoría económica que comprendía también un principio ético que debe ser
aceptado inteligentemente como base de todas las relaciones pecuniarias y
comerciales para que el Principio del Costo pueda ser universalmente
practicado. Al hablar de Costo, Warren se refería a los sacrificios
involucrados y no sólo al tiempo. Lo fundamental era que el precio nunca
excediere el costo así determinado.
Lleno
de entusiasmo por unos principios que estaba convencido de que resolverían los
problemas económicos más profundos de la sociedad, anhelaba verlos aplicados a
la producción de riqueza tal como ya los había probado en cuanto a su
distribución. Y, con el fin de ser libre para poner manos a la obra en este
campo, decidió terminar el experimento de la tienda. Por consiguiente, el
público fue avisado con varios meses de anticipación, se cumplieron todas las
obligaciones y, después de dos años de operaciones exitosas, el reformador se
encontró, financieramente hablando, en la misma posición que al principio, pero
moralmente más convencido que nunca de
las bellezas de la Equidad y de la necesidad de su realización. Ahora se
trataba "llevar a cabo los principios en todas las ramificaciones de la
vida social, en un lugar permanente", un lugar donde la tierra estuviese
al alcance de todos, sin un precio prohibitivo ni inflado por la especulación.
Durante
su primera residencia en Cincinnati,
Warren obtuvo del Sr. Nicholas Longworth, un conocido propietario de bienes
raíces, un arrendamiento por noventa y nueve años de una propiedad que se extendía entre las
calles Elm, John, Quinta y Novena, un total de ocho de las mejores manzanas de
Cincinnati. Sobre esta finca construyó unas cuantas casas de ladrillo, en una
de las cuales vivió varios años. Fue también ahí, en la esquina de las calles
Quinta y Elm, donde estableció su primera Tienda de Equidad. Pero, después de
que la tienda fue terminada, las convicciones de Warren respecto a la
especulación inmobiliaria se fueron radicalizando. Convencido de que el único
título legítimo a la propiedad es el trabajo y que, por lo tanto, la riqueza
adquirida por un aumento del valor de la tierra que no es debido a ninguna mejora
por parte del propietario sino a causas sociales ajenas a su voluntad se opone
al principio de Equidad, decidió que no podía seguir con el arriendo de una
finca cuyo valor seguiría aumentando precisamente por un motivo que no le
parecía aceptable. Por lo tanto, fue donde el señor Longworth y le devolvió
incondicionalmente el contrato de arrendamiento, privándose voluntariamente de
unos derechos de propiedad que, de haber conservado, lo hubieran convertido, en
pocos años, en un hombre rico.

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