miércoles, 18 de agosto de 2021

JOSIAH WARREN, EL PRIMER ANARQUISTA AMERICANO,

POR WILLIAM BAILIE (CAPÍTULO I). 


CAPÍTULO I

DE LOS PRIMEROS AÑOS A LA EXPERIENCIA DE NEW HARMONY

Igualmente notable como inventor, filósofo social y revolucionario pacífico, Josiah Warren es, de pies a cabeza, por su ascendencia, por la multiplicidad de sus talentos, por la fuerza y el fervor con que acometió la obra de su vida, un Americano, uno de esos  robustos pioneros cuyos músculos y cerebros formaron el verdadero fundamento de la república. Pero Warren es, al mismo tiempo, por sus ideas y aspiraciones, un representante de los movimientos que, en pro de una regeneración social, florecieron en la primera mitad del siglo. Ésta es la personalidad que reclama nuestro interés. Nació en Boston en 1798, de un históricamente famoso linaje puritano y peregrino. Los Warren de los que nuestro hombre nació dieron a Massachusetts muchos ciudadanos distinguidos, de los cuales, tal vez, el más renombrado sea el general Joseph Warren, el héroe revolucionario muerto por los británicos en Bunker Hill.

Poco sabemos de los padres de Josíah o de sus primeros años. Que amaba la música y que, siendo aún muy joven, tocó con su hermano George como músico profesional en bandas locales. A la edad de veinte años se casó y, poco después, partió a buscar fortuna al Oeste. En aquellos días, la ciudad de Cincinnati se encontraba prácticamente en la frontera de la civilización, al borde de una desconocida inmensidad. Éste fue el lugar al que  Warren llegó y en el que decidió instalarse para seguir su vocación como director de orquesta y maestro de música. Sus talentos le dieron pronto una honrosa reputación profesional que se extendió más allá de la ciudad. Pero tenía otros intereses. Dedicó sus ocios a las actividades mecánicas. El primero de sus inventos fue una lámpara que funcionaba con grasa de cerdo, produciendo una luz mejor y más barata que las lámparas convencionales, que funcionaban con grasa de vaca. Tan exitoso fue este invento, que Warren patentó en 1823, que muy pronto montó una fábrica en Cincinnati.

Muy pronto, sin embargo, problemas más apremiantes que los de la iluminación ocuparían la mente activa y el corazón generoso del ingenioso joven yanqui.

En las primeras décadas de este siglo el público comentaba las ideas de una figura única, de alguien cuya reputación como el reformador social más audaz y exitoso de la época abarcaba tanto el Viejo como el Nuevo Mundo. También a Cincinnati llegó este famoso personaje, a impartir conferencias y a contar sobre de sus últimos planes para la inauguración de un Nuevo Mundo Moral.

Ya por entonces, la mente del músico de Boston había cuestionado la justicia de algunas instituciones sociales existentes y no nos sorprende, por lo tanto, que la inmediata perspectiva  de una  total emancipación moral y económica de la raza humana lo entusiasmase. No es sorprendente que el celo, el fervor, la convicción y el entusiasmo de Robert Owen le hayan resultado contagiosos.  Se convirtió en un devoto estudiante de sus teorías y decidió unirse al gran experimento que estaba a punto de comenzar en New Harmony. Después de vender la fábrica de lámparas a principios de 1825, nuestro hombre y su familia se unieron a Owen junto con novecientos entusiastas reunidos de todas partes del país, en las fincas de los Rappites, adquiridas por Owen, con la esperanza de participar en la comunidad ideal que iba a inaugurar un milenio de paz y abundancia, fraternidad y felicidad, que terminaría abarcando a toda la humanidad.

Se presentaba una oportunidad sin precedentes para estudiar los problemas del gobierno, la propiedad, la industria y, en suma, para buscar respuestas a todas las preguntas incómodas y molestas de la vida social. Y, a través de los dos tormentosos años que duró la experiencia, a través de todas sus vicisitudes, decepciones y fracasos, Warren permaneció y cumplió con las responsabilidades que había asumido en una empresa tan ambiciosa. Y, cuando, finalmente, todo concluyó y las cosas no funcionaron como se esperaba, Warren no se convirtió en un reaccionario amargado, sino que se comportó como un estudiante serio y esperanzado que había invertido su tiempo en un experimento interesante. Se dio cuenta de la incapacidad del comunismo para corregir los males de la propiedad privada y del fracaso de los sistemas  de gobierno basados o bien en una autoridad paternal o bien en la decisión de la mayoría. Había aprendido sus lecciones y la experiencia había sido fructífera. Había que tomar nota para, en el futuro, abordar los mismos vitales temas.

Veintinueve años después de su experiencia en New Harmony, Warren escribió: "Muchas veces, mientras estuve ahí, me dije a mí mismo: ¡Oh! Si la gente de esta época pudiera vivir lo que hemos vivido quienes estuvimos aquí, si pudiera subir a estas colinas, mirar hacia abajo y recordar estas experiencias, ¡cuántas lecciones aprenderían! No habría más Revoluciones Francesas, ni derechos legales otorgados por los gobiernos, ni organizaciones, ni asambleas constituyentes o legislativas ni ningún artificio humano para la fundación de la sociedad. ¡Y cuántas decepciones y sufrimientos podría ahorrarse! Pero nadie escarmienta en cabeza ajena y la gente ha seguido organizando comunidades, falansterios, partidos políticos y revoluciones nacionales sólo para fracasar, por supuesto, tal como nosotros fracasamos, y para destruir, gradualmente, la poca esperanza que existía de lograr un mundo mejor".

Para Warren, el fracaso de este experimento comunista fue, simplemente, una razón para buscar otro método con el cual superar las instituciones obsoletas. Pues Warren, al igual que Owen, nunca dudó de que la emancipación del hombre fuera posible ni de que la felicidad humana se pudiera alcanzar mediante las reformas sociales apropiadas.

Recordando las esperanzas y aspiraciones no realizadas en New Harmony, Warren llegó a la conclusión de que las principales causas del fracaso fueron la supresión de la individualidad y la falta de iniciativa y responsabilidad. En un mundo donde todo es asunto de todos, nada es asunto de nadie. Todos los asuntos de la comunidad fueron decididos o bien por Owen como propietario o bien por la voluntad de la mayoría. La libertad personal se hallaba bastante mermada, faltaban incentivos para esforzarse en el trabajo y todos se inclinaban a atribuir las fallas del sistema a los defectos de sus vecinos. Estos defectos, concluyó Warren, eran inseparables de cualquier esquema basado en la autoridad y la comunidad de bienes. Incluso bajo las condiciones más favorables, el fracaso también estaría garantizado más tarde o más temprano.

Por lo tanto, estaba convencido de que la base de toda reforma futura debía ser la más completa libertad individual. "El hombre busca la libertad como el imán busca el polo o el agua busca su nivel, y la sociedad nunca podrá tener paz hasta que cada uno de sus miembros sea realmente libre". Pero la libertad no es posible bajo la organización y las ideas que hoy prevalecen en la sociedad. La sociedad futura necesita nuevos principios y nuevos puntos de vista. El primero de ellos es la individualidad. La soberanía de cada individuo debe, en todo momento, ser considerada inviolable. Cada uno debe ser libre de disponer de su persona, su tiempo, su propiedad y su reputación a su antojo. Pero siempre por su cuenta y riesgo. Nótese bien. Éste es el corazón mismo de las ideas de Warren, el elemento de justicia en ellas, la base de la igualdad, la semilla de una verdad eterna e irrefutable, tan irrefutable hoy como el día que la enunció por primera vez a un mundo desatento.

Tales eran las opiniones a las que Warren había llegado cuando, a la edad de veintinueve años, volvió a establecerse en Cincinnati. La experiencia de New Harmony le había convencido de que cualquier propuesta de reforma, por perfecta o plausible que pudiera parecer en principio, debía ser probada en la práctica antes de ser ofrecida como un remedio para los males existentes. Para tal fin, por lo tanto, emprendió su primer experimento, con el cual debía o bien probar la viabilidad de sus principios o  bien refutarlos definitivamente.

 


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