JOSIAH WARREN, EL PRIMER ANARQUISTA AMERICANO,
POR WILLIAM BAILIE (El espíritu anarquista).
EL
ESPÍRITU ANARQUISTA
Antes
de comenzar nuestro relato de la vida y las enseñanzas de Josiah Warren, el
primer anarquista estadounidense, parece apropiado anticiparnos a aquellas
preguntas que, probablemente, surjan en la mente del lector que vea la palabra
"anarquista”. El concepto es usado de forma un tanto arbitraria y resulta
impreciso y no es raro que ni siquiera el estudioso tenga claras las
diferencias respecto a otras corrientes económicas y sociales. El esquema que
trazaremos a continuación no pretende ser
exhaustivo o completo pero creemos, sinceramente, que puede ser útil y
sugestivo para el investigador y el interesado.
El
anarquismo no es un culto ni un partido ni una organización. Tampoco es una
idea nueva ni un movimiento de reforma ni un sistema de filosofía. Ni siquiera
es una amenaza para el orden social, ni, mucho menos, un complot permanente
para destruir a los reyes y los gobernantes. De hecho, el orden social está en
peligro constante desde que se instaló la primera fábrica textil y ese peligro
ha sido engendrado por el propio orden social. Eso, sin contar todas las
ocasiones en que sonaron falsas alarmas.
Los
cultos son, hoy, algo bastante común: nacen, florecen y se marchitan como las
flores de la primavera. Los partidos y las organizaciones tienen ciclos de auge
y descenso de una regularidad casi rítmica, siguen su curso y, con el tiempo,
se transforman como todas las cosas existentes bajo el Sol. Los movimientos
surgen cuando las circunstancias lo exigen y caducan cuando han cumplido su
labor. Las nuevas ideas son bastante raras y más raras aún son aquellas que,
después de un examen minucioso, nos siguen pareciendo nuevas. Una filosofía es
un esquema de la vida, una explicación del universo, un sistema intelectual
concreto.
El
anarquismo no es ninguna de estas cosas. No enseña la violencia ni predica la
insurrección. Tampoco es una revolución incipiente. Sin embargo, reclama su
lugar en la vida de nuestros tiempos. El anarquismo moderno, en una palabra,
es, principalmente, una tendencia. Una tendencia moral, social e intelectual.
Como tendencia, cuestiona la supremacía del Estado, la infalibilidad de las
leyes y el derecho divino de toda Autoridad, espiritual o temporal. Es, en
verdad y por paradójico que parezca, un producto de la Autoridad, un hijo del
Estado, una consecuencia directa de la insuficiencia de la ley y el gobierno
para cumplir con sus funciones. En resumen, la tendencia anarquista es una
necesidad de progreso, una protesta contra la usurpación, el privilegio y la
injusticia.
Prácticamente
todos los crímenes de la historia pueden resumirse en una sola frase: Abuso de
poder. La experiencia de todos los tiempos y lugares nos demuestra,
inequívocamente, que el poder, sobre todo, el poder gubernamental, siempre será
abusivo. Frente a esta realidad se estrellan en vano los mejores esfuerzos de
los reformadores más serios y bienintencionados. Ningún plan de gobierno,
ningún sistema social, ninguna panacea puede conciliar autoridad y equidad,
poder político y justicia social. La sabiduría de los filósofos, el arte de los
poetas y las vidas de los hombres de acción de todos los tiempos nos
demuestran, una y otra vez, el carácter irreconciliable de estas fuerzas
opuestas. Los héroes cuyo recuerdo perdura en la leyenda y la historia son
aquellos que lucharon por la justicia y el derecho contra la autoridad
establecida, el mensaje más maduro que el genio y el intelecto entregan al
mundo de hoy es que una civilización alta y digna sólo puede ser lograda a
través de la completa libertad del individuo. El derecho a gobernar, el poder
eclesiástico o político, deben caer para siempre. Éste es el espíritu que animó
la Revolución Francesa, que inspiró a los padres de la Independencia
Norteamericana, esta antorcha "que ilumina a los pueblos en su lucha por
la libertad" es, hasta el día de hoy, una influencia poderosa que da forma
a la literatura y el drama, a las aspiraciones e ideales de nuestro tiempo. Esta
tendencia intelectual generalizada, que borra las fronteras y une a hombres de
razas distintas, es lo que constituye la real e irresistible tendencia
anarquista.
No
es el lanzador de bombas, el autoproclamado salvador, dispuesto a dar su vida
por sus ideas, bien o mal llamado anarquista, quien constituye la mayor amenaza
para los gobiernos. Los mismos pueden protegerse con bastante facilidad de este
rancio producto de la injusticia social
y el desorden del Viejo Mundo. Pero no existe ley, oficina o policía que pueda
salvar al Estado de esa idea poderosa que gana terreno todos los días e
impregna la mejor literatura moderna, la idea de que el individuo es soberano,
de que la dignidad del hombre es más importante que la ley, más noble que la
supremacía del Estado. Un ensayo de Spencer, una historia de Tolstói, una
novela de Zolá, un drama de Ibsen, un poema de Whitman hacen en un año por la
tendencia lo que los gobiernos, con las medidas más duras, no pueden deshacer
en un siglo.
¿Acaso
Nerón y Diocleciano acabaron con el cristianismo cuando sacrificaron a sus
mártires al odio de las turbas y a la superstición? Es muy significativo que,
en los primeros días de la religión cristiana, cuando los creyentes formaban
una pequeña secta rebelde y peligrosa para la ley y el orden a los ojos de la
clase dominante, no hubo crimen o brutalidad, no hubo acto diabólico, inhumano
o abominable, que no fuese atribuido a los cristianos. Su ofensa real,
inadvertida por sus perseguidores, consistió en difundir un credo ético que,
más tarde o más temprano, terminaría por subvertir el antiguo orden. Que no nos
extrañe, por lo tanto, esa caricatura del Anarquismo que nos pinta la prensa
amarilla. Ese monstruo, esa sombra del caos primordial, ese asesino y
dinamitero loco, tiene su prototipo en los comienzos del cristianismo.
Obviamente, esto no favorece un conocimiento preciso del tema. Pero,
lamentablemente, cierto público acrítico y más devoto de lo sensacional que de
lo veraz, sólo conoce esta caricatura.
El
Estado nació y se desarrolló como una consecuencia de la propiedad. A medida
que la institución de la propiedad avanzaba, gobernar a los demás hombres se
convirtió en una necesidad para los propietarios. La historia está llena de
luchas de diferentes facciones de las clases propietarias por el control del
gobierno. Las leyes para la defensa de la propiedad han sido presentadas como
fruto de la voluntad popular. En el pasado, aquellos que sufrían la injusticia
de las leyes o la opresión del Estado no buscaban otro remedio que adueñarse
del poder ellos mismos y, cuando lo lograban, caían, a su vez, en los mismos
vicios contra los que lucharon en el pasado y abusaban de los poderes del
Estado. De vez en cuando, alguna voz clamaba en el desierto, algunos pocos
y oscuros pensadores se atrevían a
cuestionar la supremacía del gobierno y las leyes sobre el hombre y el
ciudadano individual. Pero muy pocas veces fueron escuchados y sus ideas e
intentos terminaron en el olvido.
No
hay nada nuevo en la oposición al gobierno. La diferencia entre las teorías
anarquistas de hoy y las diversas rebeliones políticas del pasado radica en que
la teoría moderna, al mismo tiempo que condena los males inherentes al Estado,
niega cualquier intención de reformarlo o crear un nuevo Estado. Dondequiera
que el anarquismo ha reaccionado contra los abusos del gobierno, lo ha hecho de
una manera correspondiente a la naturaleza de ese gobierno y puede decirse que
el anarquismo de cada país es reflejo de su enemigo. Nadie debe extrañarse, por
lo tanto, de que las formas más extremas del anarquismo contemporáneo se
encuentren en Moscú. En Rusia, el Estado aún no se ha despojado de su carácter
original, bárbaro y despótico hasta el extremo, brutal en sus métodos y
torpemente organizado, que no intenta siquiera aparentar la menor preocupación
por los derechos individuales y la vida humana. La oposición es reflejo del
gobierno y de esto los terroristas son el ejemplo más notable. La barbarie de
la bomba de dinamita es la respuesta a la barbarie de un gobierno cuya
brutalidad organizada es una mancha para la civilización.
León
Tolstói, el mundialmente famoso escritor y crítico moral, se proclama
anarquista. Su pluma magistral es incansable al condenar al Estado,
oponiéndole, con la irrefutable lógica de los hechos, el autogobierno
espiritual de cada persona. Tolstói no ataca los abusos de los funcionarios
irresponsables. No se trata, para él, de personas. El mal y la falsedad se
encuentran en la naturaleza fundamental de la institución. Su conocimiento es
demasiado preciso, su perspicacia demasiado penetrante para permitirle buscar
un remedio en la reforma. Niega el derecho de cualquier cuerpo de hombres, incluso
aquel que se autodenomina el Estado, a gobernar. El poder político en sí mismo,
afirma, es la fuente de todos los abusos. Todas las injusticias se hallan
invariablemente asociadas con el poder gubernamental.
Ninguna
nación, antigua o moderna, ha sufrido como Rusia por la incompetencia y los
crímenes de sus gobernantes. Alguien responderá que los gobiernos instaurados
por los conquistadores españoles en el Nuevo Mundo fueron peores ya que, muy a
menudo, condujeron al exterminio de las razas subyugadas Y también podrían
citarse otros ejemplos de invasiones que concluyeron en exterminios. Pero lo
singular del caso de Rusia radica en el
hecho de un despotismo implacable ejercido entre miembros de un mismo pueblo,
nos hallamos ante un gobierno compuesto por gentes de la misma raza sojuzgada,
con la misma cultura, las mismas
tradiciones y el mismo lenguaje, explotando y esquilmando sin piedad a
su propia gente, agobiándola con impuestos asfixiantes, privándola incluso de
la menor apariencia de libertad, afirmando su poder injusto y devastador a
través de la ignorancia, la pobreza y la superstición que fomenta y mantiene.
No es sorprendente, por lo tanto, que la mente más grande que Rusia ha
producido, Tolstói, el escritor y vidente, emplee su genio en socavar la
creencia en todo gobierno, en negar el derecho de cualquier autoridad sobre los
cuerpos y las almas de los hombres. Habiendo observado el funcionamiento del
Estado en su propio país y los efectos nefastos que produce, y comparándolo con
otras formas de gobierno más libres, llega a la conclusión de que el mismo
principio actúa tanto en una autocracia como en la más democrática de las
repúblicas.
La
única causa de que la autocracia en Rusia no haya caído es el miedo. El
ejército y la marina se hallaban, hace muy poco, al borde de la revuelta. Ya no
se podía confiar en que obedecieran al Zar. Privado de la fuerza bruta de las
bayonetas, aterrorizado y acorralado, el
gobierno habló de constitución. Aún está por verse si esta pequeña estratagema
no ha llegado demasiado tarde.[1]
En
Inglaterra, después de siglos de oposición de las clases dominantes, el pueblo
conquistó algunos derechos y un cierto grado de igualdad ante la ley. Desde Simon
de Montfort hasta Gladstone podemos contemplar una extensa genealogía de
reformadores que se apuntaron su artillería contra los abusos del poder
político. Mal que bien, lograron limar las uñas de la fiera y reducir algunas
de las más bárbaras y primarias
características del Estado. La igualdad ante la ley es hoy una idea que
prevalece en todos los movimientos que se oponen a la clase dominante y, de
este modo, el respeto por la ley como ley ha sido y sigue siendo la
característica más singular de los movimientos ingleses de reforma política.
Los más grandes filósofos ingleses no se cansaron jamás de señalar la
incompetencia y la locura del Estado ni de defender la libertad completa del
individuo. Un anarquismo prudente y pacífico ha sido la tendencia general de la
oposición anglosajona. Al existir un relativamente mayor grado de libertad
-grado que se ha ganado, es cierto, a través de siglos de lucha- la afirmación
de los derechos individuales y la negación de la autoridad estatal se expresan
en un lenguaje más moderado y buscan métodos pacíficos de reforma.
El
radicalismo, que tanto influyó en la política inglesa durante gran parte del
siglo XIX, buscaba reducir el Estado a unas funciones mínimas y se opuso a la
invasión gubernamental de los derechos y libertades del ciudadano. En este
sentido, por lo tanto, sus principios eran anarquistas. La filosofía política
de Herbert Spencer es, en general, anarquista, incluso en sus puntos flacos. El
fracaso del radicalismo sobrevino porque no podía percibir que su ideal de
igualdad política era un imposible mientras se mantuviera la desigualdad
económica e industrial. En su boca, la libertad era la libertad de la clase propietaria, la
igualdad era igualdad ante la ley para las diversas formas de ingresos. En un país
donde los nobles terratenientes disfrutaban aún de muchos privilegios e
inmunidades, era natural que otros propietarios, como los industriales y los
comerciantes, apoyasen a una escuela política que denunciaba los privilegios y
reclamaba igualdad de derechos. Era natural, también, que buscasen el apoyo del
pueblo, y era natural, por último, que no llevasen su agitación hasta sus
últimas consecuencias sino que la detuviesen cuando, a su vez, sus propios
intereses se vieran amenazados. Así, progresivamente, el inicialmente vigoroso
radicalismo se fue debilitando y volviendo obsoleto.
A
medida que el trabajo formulaba sus propias demandas, de carácter netamente
económico, el radicalismo, considerado hasta entonces como la corriente
política más avanzada, dejó de atraer a la clase trabajadora. Surgió, en
cambio, una vigorosa agitación socialista que exigía, entre otras cosas, la
jornada de ocho horas y el pleno empleo provisto por el Estado. Su influencia
en la opinión pública fue tan grande o mayor que la del radicalismo ortodoxo
pero, a diferencia del mismo, parecía dispuesto a sacrificar la libertad
individual en el altar de la igualdad económica.
Sin
embargo, el individualismo característico del anglosajón, que se manifiesta en
su desconfianza de la autoridad, incluso de aquella que se presente como
paternal y bienintencionada, ha impedido, incluso después de un cuarto de siglo
de agitación continua, que la clase trabajadora británica acepte por completo
las doctrinas de la socialdemocracia. Aquellas teorías comunistas que tanta
aceptación encontraron en el proletariado francés y que, en general, han
influido fuertemente el movimiento obrero en toda Europa, nunca se han
afianzado entre las masas inglesas. El tradeunionismo
conservador, por el contrario, al apelar a la iniciativa autónoma, la
organización voluntaria y la autoayuda, goza de mejor salud, pues los
resultados que obtiene provienen de su propia fuerza y no de la legislación.
En
Inglaterra, el movimiento cooperativo ha tenido éxito en la medida en que ha
trabajado dentro de una esfera claramente definida y sin apartarse de políticas
puramente individualistas. Por otro lado, el comunismo y el socialismo
revolucionarios, que con tanta fuerza han prendido entre las clases
trabajadoras de la Europa Continental, no logran, en Inglaterra, convencer ni
entusiasmar a las multitudes. Se habla bastante de los deslumbrantes éxitos del
socialismo municipal pero no hay ningún genuino socialista que se deje
impresionar por ellos. Los principales beneficiarios de estas empresas cívicas
son los pequeños comerciantes y la pequeña burguesía, que pagan menos impuestos
gracias a la aplicación de los beneficios municipales a la reducción de las
tasas.
El
socialismo, como ya dijimos, sacrificaría la libertad individual en el altar de
la igualdad económica. Pero la visión anarquista no acepta esto y proclama que
tanto la libertad política como la libertad industrial son pasos indispensables
hacia la igualdad económica. No existe, por lo tanto, base alguna para aquella
noción tan difundida según la cual el socialismo y el anarquismo son ideas
estrechamente relacionadas, si no idénticas. Si bien hay mucho en común, hay
una diferencia fundamental entre los dos principios. El socialismo conduciría a
la centralización y la dependencia de la autoridad. El anarquismo impulsa y
tiende hacia la descentralización y la autosuficiencia. En nombre de la
sociedad, el socialismo regularía, impondría, definiría y ordenaría. El
anarquismo, por otro lado, permitiría a cada individuo descubrir por sí mismo
lo que le conviene, sin restricción ni coacción. Mediante la ley y la
autoridad, el socialismo establecería la igualdad y haría de cada ciudadano un
hombre trabajador, bueno y próspero, independientemente de sus particulares
necesidades, inclinaciones o habilidades. El otro mantendría la completa
igualdad de derechos y oportunidades, dejando que cada persona, individualmente
o en asociación con otras, resuelva su propio destino de acuerdo con sus
capacidades, temperamento y deseos.
Bajo
los más diversos nombres y aspectos, éstas son las tendencias que, sin cesar,
moldean a la sociedad, las instituciones y los individuos. Existen ciertos
factores que ayudan u obstaculizan a una a expensas de la otra. La más notable
de ellas es, qué duda cabe, la guerra. Sea cual fuere su causa, fortalece el
poder del gobierno a expensas de los derechos individuales, aumenta la burocracia,
fomenta el paternalismo y debilita cualquier oposición al poder. Existe, por
ejemplo, bajo el militarismo alemán, un fuerte movimiento socialista cuya
influencia sobre la clase trabajadora no ha cesado pese a la represión
gubernamental. Pero el socialismo alemán reproduce, de una manera escandalosa,
muchas de las características más detestables del régimen que busca derrocar.
Se produce aquí el mismo caso de Rusia, donde la oposición al orden existente
está moldeada por el sistema. Inconscientemente, el movimiento socialista
incorpora muchas de los vicios que tan vigorosamente denuncia en sus enemigos.
Su enseñanza es tan dogmática y sus métodos son tan intolerantes como los de la
secta religiosa más obtusa. Sus líderes y organizaciones son tan autocráticos
como el propio Káiser.
La
censura, la expulsión y la excomunión de los independientes son tan necesarias
para preservar la disciplina y la ortodoxia del Partido Socialista como lo
fueron alguna vez para la Iglesia de Roma.
También
en los Estados Unidos el resurgimiento del militarismo como consecuencia de la
Guerra con España y la conquista de las Filipinas ha sido acompañado de un clamor
cada vez más vigoroso en favor de un paternalismo de amplio alcance. Se
comenzó por plantear la propiedad pública como la panacea para la corrupción y el monopolio corporativo
en nuestras grandes ciudades. A esta demanda siguió la del control federal de
los ferrocarriles, las compañías de seguros y las corporaciones industriales. A
medida que estas tendencias se hagan fuertes, el ejecutivo aguzará las orejas y
nuevamente campeará por sus respetos, moldeando las políticas públicas, el
viejo e histórico Partido Proteccionista. Los partidos existentes tienen unos
principios de notable elasticidad y no son muy capaces de defender posturas
impopulares. Ambos están igualmente dispuestos a conceder privilegios injustos
a cualquier grupo lo suficientemente poderoso como para influir en las
políticas públicas o -lo que es lo mismo- para que no convenga enfrentarse con
él. Promulgar leyes federales contra las
corporaciones ricas parece, para nuestros vigorosos estadistas, mucho más
fácil que ir a la raíz del problema y
extirpar los privilegios legales que permiten a los monopolistas extraer un
tributo injusto.
Si
bien es verdad que la influencia de los socialistas como partido es pequeña y
que, por lo menos en este país, están muy lejos de alcanzar poder político,
existe una peligrosa tendencia hacia una
interferencia cada vez mayor de las agencias gubernamentales en todas las
esferas de la vida. Si esta tendencia se desarrolla sin control, conducirá a la
propiedad estatal del transporte, por lo menos. No porque este monopolio
resulte beneficioso en lo más mínimo sino, más bien, porque una irresponsable
regulación oficial inevitablemente convertirá el sector en un "campo
minado" para las empresas privadas.
¿Puede
admitirse que un pueblo que, mediante el coraje, la industria y el esfuerzo
asociados, ha conquistado en el transcurso de dos o tres generaciones un vasto
continente, pueda ser incompetente para administrar sus propios asuntos?
¿Creemos de verdad que necesita entregar a un sistema gubernamental cuya ineficacia
ha sido ya ampliamente demostrada en sus propias funciones, creemos, digo, que
ese pueblo necesita entregarle la gestión de las industrias y actividades que
forman la fuente de su crecimiento y prosperidad? Declarar esto es declarar a nuestro
progreso y nuestra civilización como un fracaso, a nuestra raza como
degenerada, a nuestro futuro como un triste retroceso y a nuestra propia
existencia como un desastre monumental. Es necesario ser terriblemente
pesimista, carecer por completo de fe en la gente y en sus posibilidades para
aceptar esta visión. Ante este problema, "el futuro de nuestra
civilización", la visión anarquista es mucho más esperanzada y
tranquilizadora.
A
esta visión pesimista se le puede contraponer un hecho muy simple, que puede
considerarse como una plena manifestación del espíritu anarquista. Este hecho
es nada más y nada menos que el crecimiento prodigioso que, en unas pocas
décadas, ha experimentado, en los más diversos campos, la asociación voluntaria.
Impulsados por objetivos comunes, los individuos se unen en sociedades
locales, nacionales y, por último,
internacionales. El comercio y el trabajo, la ciencia y el arte, la música y el
deporte; en una palabra, todas las actividades humanas, persiguen sus
diversos propósitos mediante la
asociación voluntaria.
Sólo
una pequeña parte de los esfuerzos asociados de los hombres es dirigida por el
gobierno. ¿Pueden todas las funciones del gobierno juntas compararse en
importancia o extensión con aquellas de las que se ocupa la cooperación
voluntaria? Sin embargo, damos una importancia tan desproporcionada a las
relaciones del Estado con el individuo que, para una mente promedio, es
inconcebible que las funciones del Estado puedan ser desempeñadas, con mayor
eficiencia y menores costos, por asociaciones voluntarias y no coercitivas.
Otro
ejemplo de organización voluntaria lo ofrece, en América, la vida religiosa. Hubo
una época en la que se afirmaba que la religión no podría existir sin el apoyo
y la autoridad del Estado. Sin embargo, nadie puede afirmar hoy que la
extensión o la influencia de la religión es menor en los Estados Unidos que en
aquellos países donde la misma está subsidiada por el gobierno. Vemos en
nuestro país a las diversas iglesias trabajando sin chocar entre sí. Las
contribuciones voluntarias son suficientes para sostenerlas. El costo del
mantenimiento corre a cargo de quienes reciben el beneficio. Nos encontramos,
pues, ante otro excelente ejemplo del método anarquista aplicado en la práctica.
En aquellos países en los que la religión recibe aún el apoyo estatal, crece la
agitación a favor de la libertad.
En
todas partes gana terreno la demanda de instituciones más libres. La literatura
ha tenido en esto una influencia poderosísima. Su efecto en la opinión pública
es, actualmente, mucho mayor que en el pasado. Responde con natural facilidad a
las necesidades del alma humana y, del mismo modo que las olas erosionan las
rocas más grandes y antiguas, la literatura disuelve concepciones superadas,
prejuicios y errores y, al mismo tiempo, comienza a construir nuevas ideas,
esperanzas y aspiraciones.
Examinemos
algunos ejemplos del espíritu anarquista en la literatura. El trabajo de Ibsen,
el más grande de los dramaturgos modernos, está impregnado de un propósito
constante. En todas sus obras analiza la manera en que la autoridad, las
costumbres, las creencias y las instituciones esclavizan al hombre civilizado.
Su gran idea es que el individuo debe ser libre de actuar en todos los ámbitos
de la vida social sin verse limitado por ideales falsos, por un sentido del
deber mal entendido o por la tiranía de la opinión pública. Para Ibsen, el
valor moral que permite al individuo ser libre, mental y moralmente libre, y
desafiar las supersticiones, prejuicios y costumbres, es la más rara pero, a la
vez, la más esencial de las virtudes.
Sin ella, el sufrimiento, el fracaso y la infelicidad se multiplican. Cuando
exhibe las causas que estancan, embrutecen o hacen retroceder al individuo, lo
hace para indicar el mejor curso. Ibsen nos dice que no temamos desafiar la
ley, las costumbres o la autoridad estatal si se oponen al libre
desenvolvimiento del carácter humano. Tal es el mensaje de este gran artista
cuya influencia se nota en dramaturgos como Sudermann, Maeterlinck, Hauptmann,
Octave Mirbeau y George Bernard Shaw, cuya obra también denuncian las leyes,
costumbres e instituciones contrarias a la libertad.
Tanto
en su heroica defensa de la justicia y la verdad en el caso Dreyfus como en su
trabajo posterior, Zolá impulsó poderosamente en Francia la causa de la
libertad personal contra la burocracia y
el clero. En Alemania, el orden existente -intelectual, moral y gubernamental-
no se ha recuperado aún de los magistrales ataques de Nietzsche, un genio y un
anarquista cuya influencia crece sin cesar tanto en su país como en el
extranjero.
Este
mismo impulso, esta misma rebelión intelectual de nuestra época, se puede
apreciar también en los autores menores y en la literatura de simple
entretenimiento.
Aunque
pueda parecer patriotero y de mal gusto, también es necesario mencionar algunos
escritores estadounidenses contemporáneos que ilustren esta tendencia. Existen
dos grandes fuerzas literarias que, simplemente, no podemos ignorar. Para los
observadores extranjeros, Whitman es,
por excelencia, el poeta de la democracia americana. Su fuerte individualismo,
su glorificación del hombre y la mujer promedio, su desdén por la moral
convencional, encuentran, progresivamente, un reconocimiento más amplio y más
comprensivo. En su poesía latió siempre un fuerte reclamo por una libertad sin
compromisos y por oportunidades ilimitadas para el desarrollo
individual. Fue el poeta y el cantor de la libertad, la igualdad y la justicia.
Las leyes, costumbres y convenciones, los gobiernos, y los gobernantes, los
códigos morales, en fin, todo este pesado fardo autoritario con el que carga la
sociedad, debe ceder ante las demandas de una virilidad y feminidad libres,
vigorosas, sensatas, nobles y compasivas.
También
con Thoreau, como con Whitman, se cumplió aquello de "nadie es profeta en
su tierra" y fue reconocido en el extranjero antes que en los Estados
Unidos. Hoy, incluso las autoridades más conservadoras lo reconocen como un
escritor único y un clásico nativo. No parecen advertir, sin embargo, que
Thoreau es, de todos los grandes escritores estadounidenses, el más claramente
anarquista. Ni siquiera Emerson llegó tan lejos en su desafío a todas aquellas
leyes y costumbres que se interpusieran en el camino del individuo. Thoreau era
el anarquista por excelencia. No se inclinó ante ninguna autoridad y negó el
derecho del Estado a exigir su apoyo. Se negó a pagar impuestos y fue a la
cárcel por ello. Todo aquel que desee estudiar la espontánea tendencia
anarquista en la literatura contemporánea y estadounidense debe sin duda,
estudiar a Thoreau.
Tendencia
espontánea, en efecto, no un movimiento explícito ni una agitación efímera.
Proudhon, el periodista francés, fue uno de los pensadores más originales de su
tiempo. Pionero anarquista, hasta hoy incomprendido y difamado. No dejó
seguidores en un sentido estricto. Tampoco lo reivindica ninguno de los
numerosos partidos de la izquierda francesa. Pero sus escritos se siguen
leyendo y siguen influyendo, por mucho que les pese a sus detractores.
Otro
francés, un distinguido científico,
Elisee Reclus, fue toda su vida un anarquista confeso. Su hermano Elie, también
un notable geógrafo, compartió sus puntos de vista.
Desde
otras latitudes, desde el mismísimo Palacio Imperial de San Petersburgo,
aparece otro notable anarquista, el príncipe Piotr Kropotkin, cuyas
investigaciones le han dado, también, un lugar destacado entre los hombres de
ciencia. A su vez, sus obras como pensador social han sido traducidas a varios
idiomas. Por su entrega desinteresada a la causa de la justicia, se ha ganado
el respeto general y el amor de la clase trabajadora de todo el mundo y ha sido
un ejemplo para muchos. Una vida capaz de inspirar y motivar así a otras vidas
no ha dicho aún su última palabra y seguramente dará que hablar en el futuro.
Entre
las fuerzas que alimentan el espíritu anarquista no podemos ignorar a la
ciencia. La investigación de los hechos crea, necesariamente, una actitud
mental que cuestiona la autoridad a cada paso. Nada es sagrado sino la verdad e
incluso la verdad es relativa y siempre puede ser absorbida en una concepción
más amplia. Todo genuino estudiante de las ciencias naturales es un anarquista
incipiente. Debe desechar toda autoridad impuesta, confiar en sí mismo y
aceptar sólo lo que es capaz de probar. Al abordar el estudio de las cuestiones
políticas y sociales, la mente científica necesariamente rechaza todo ese
montón de afirmaciones unilaterales, verdades a medias y frases demagógicas que
forman el día a día de la opinión política popular. La mente científica
encuentra que los principios partidarios consisten en intereses de clase,
ambiciones personales y el deseo de una mitad de la gente de gobernar la otra
mitad. El buscador imparcial de la verdad encontrará que en la vida pública no existen
altos ideales ni amor por el bien común. Al observarlo de cerca, el Estado nos
muestra su verdadero rostro. Lejos de ser el guardián de los débiles y el
administrador de justicia, se nos aparece, más bien, como el arma de los
fuertes, los astutos y los ambiciosos. A pesar de su forma democrática, el actual
gobierno, tal como los gobiernos absolutos del pasado, es una organización policial
de las clases propietarias para la defensa de sus privilegios De no existir esta
necesidad de defender los privilegios de la propiedad por la fuerza, el Estado
no tendría razón de ser.
La
glorificación del Estado como una especie de providencia omnisapiente no tiene
fundamento histórico ni lógico. La creencia quijotesca de los socialistas en la
captura del Estado por el proletariado, la expropiación de la burguesía y la
dirección de la economía por el mismo Estado según principios colectivistas es tan
económicamente defectuosa como quimérica.
Cuando
la inteligencia promedio haya comprendido y asimilado los principios de la
justicia, cuando las personas hayan logrado su independencia económica,
consecuencia inevitable de la evolución social, entonces el Estado habrá
quedado obsoleto, su función histórica como guardián de la propiedad
capitalista habrá terminado y, por lo tanto, deberá dejar paso a una nueva organización
social basada en el principio voluntario, cooperativo y no coercitivo.
[1]
Escrito en 1906. Alude, sin
duda, a la Revolución de 1905, oleada de huelgas y motines que anticipaba la de
1917.

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