miércoles, 18 de agosto de 2021

 JOSIAH WARREN, EL PRIMER ANARQUISTA AMERICANO,

 POR WILLIAM BAILIE (El espíritu anarquista).


EL ESPÍRITU ANARQUISTA

Antes de comenzar nuestro relato de la vida y las enseñanzas de Josiah Warren, el primer anarquista estadounidense, parece apropiado anticiparnos a aquellas preguntas que, probablemente, surjan en la mente del lector que vea la palabra "anarquista”. El concepto es usado de forma un tanto arbitraria y resulta impreciso y no es raro que ni siquiera el estudioso tenga claras las diferencias respecto a otras corrientes económicas y sociales. El esquema que trazaremos a continuación no pretende ser  exhaustivo o completo pero creemos, sinceramente, que puede ser útil y sugestivo para el investigador y el interesado.

El anarquismo no es un culto ni un partido ni una organización. Tampoco es una idea nueva ni un movimiento de reforma ni un sistema de filosofía. Ni siquiera es una amenaza para el orden social, ni, mucho menos, un complot permanente para destruir a los reyes y los gobernantes. De hecho, el orden social está en peligro constante desde que se instaló la primera fábrica textil y ese peligro ha sido engendrado por el propio orden social. Eso, sin contar todas las ocasiones en que sonaron falsas alarmas.

Los cultos son, hoy, algo bastante común: nacen, florecen y se marchitan como las flores de la primavera. Los partidos y las organizaciones tienen ciclos de auge y descenso de una regularidad casi rítmica, siguen su curso y, con el tiempo, se transforman como todas las cosas existentes bajo el Sol. Los movimientos surgen cuando las circunstancias lo exigen y caducan cuando han cumplido su labor. Las nuevas ideas son bastante raras y más raras aún son aquellas que, después de un examen minucioso, nos siguen pareciendo nuevas. Una filosofía es un esquema de la vida, una explicación del universo, un sistema intelectual concreto.

El anarquismo no es ninguna de estas cosas. No enseña la violencia ni predica la insurrección. Tampoco es una revolución incipiente. Sin embargo, reclama su lugar en la vida de nuestros tiempos. El anarquismo moderno, en una palabra, es, principalmente, una tendencia. Una tendencia moral, social e intelectual. Como tendencia, cuestiona la supremacía del Estado, la infalibilidad de las leyes y el derecho divino de toda Autoridad, espiritual o temporal. Es, en verdad y por paradójico que parezca, un producto de la Autoridad, un hijo del Estado, una consecuencia directa de la insuficiencia de la ley y el gobierno para cumplir con sus funciones. En resumen, la tendencia anarquista es una necesidad de progreso, una protesta contra la usurpación, el privilegio y la injusticia.

Prácticamente todos los crímenes de la historia pueden resumirse en una sola frase: Abuso de poder. La experiencia de todos los tiempos y lugares nos demuestra, inequívocamente, que el poder, sobre todo, el poder gubernamental, siempre será abusivo. Frente a esta realidad se estrellan en vano los mejores esfuerzos de los reformadores más serios y bienintencionados. Ningún plan de gobierno, ningún sistema social, ninguna panacea puede conciliar autoridad y equidad, poder político y justicia social. La sabiduría de los filósofos, el arte de los poetas y las vidas de los hombres de acción de todos los tiempos nos demuestran, una y otra vez, el carácter irreconciliable de estas fuerzas opuestas. Los héroes cuyo recuerdo perdura en la leyenda y la historia son aquellos que lucharon por la justicia y el derecho contra la autoridad establecida, el mensaje más maduro que el genio y el intelecto entregan al mundo de hoy es que una civilización alta y digna sólo puede ser lograda a través de la completa libertad del individuo. El derecho a gobernar, el poder eclesiástico o político, deben caer para siempre. Éste es el espíritu que animó la Revolución Francesa, que inspiró a los padres de la Independencia Norteamericana, esta antorcha "que ilumina a los pueblos en su lucha por la libertad" es, hasta el día de hoy, una influencia poderosa que da forma a la literatura y el drama, a las aspiraciones e ideales de nuestro tiempo. Esta tendencia intelectual generalizada, que borra las fronteras y une a hombres de razas distintas, es lo que constituye la real e irresistible tendencia anarquista.

No es el lanzador de bombas, el autoproclamado salvador, dispuesto a dar su vida por sus ideas, bien o mal llamado anarquista, quien constituye la mayor amenaza para los gobiernos. Los mismos pueden protegerse con bastante facilidad de este rancio producto de la   injusticia social y el desorden del Viejo Mundo. Pero no existe ley, oficina o policía que pueda salvar al Estado de esa idea poderosa que gana terreno todos los días e impregna la mejor literatura moderna, la idea de que el individuo es soberano, de que la dignidad del hombre es más importante que la ley, más noble que la supremacía del Estado. Un ensayo de Spencer, una historia de Tolstói, una novela de Zolá, un drama de Ibsen, un poema de Whitman hacen en un año por la tendencia lo que los gobiernos, con las medidas más duras, no pueden deshacer en un siglo.

¿Acaso Nerón y Diocleciano acabaron con el cristianismo cuando sacrificaron a sus mártires al odio de las turbas y a la superstición? Es muy significativo que, en los primeros días de la religión cristiana, cuando los creyentes formaban una pequeña secta rebelde y peligrosa para la ley y el orden a los ojos de la clase dominante, no hubo crimen o brutalidad, no hubo acto diabólico, inhumano o abominable, que no fuese atribuido a los cristianos. Su ofensa real, inadvertida por sus perseguidores, consistió en difundir un credo ético que, más tarde o más temprano, terminaría por subvertir el antiguo orden. Que no nos extrañe, por lo tanto, esa caricatura del Anarquismo que nos pinta la prensa amarilla. Ese monstruo, esa sombra del caos primordial, ese asesino y dinamitero loco, tiene su prototipo en los comienzos del cristianismo. Obviamente, esto no favorece un conocimiento preciso del tema. Pero, lamentablemente, cierto público acrítico y más devoto de lo sensacional que de lo veraz, sólo conoce esta caricatura.

El Estado nació y se desarrolló como una consecuencia de la propiedad. A medida que la institución de la propiedad avanzaba, gobernar a los demás hombres se convirtió en una necesidad para los propietarios. La historia está llena de luchas de diferentes facciones de las clases propietarias por el control del gobierno. Las leyes para la defensa de la propiedad han sido presentadas como fruto de la voluntad popular. En el pasado, aquellos que sufrían la injusticia de las leyes o la opresión del Estado no buscaban otro remedio que adueñarse del poder ellos mismos y, cuando lo lograban, caían, a su vez, en los mismos vicios contra los que lucharon en el pasado y abusaban de los poderes del Estado. De vez en cuando, alguna voz clamaba en el desierto, algunos pocos y  oscuros pensadores se atrevían a cuestionar la supremacía del gobierno y las leyes sobre el hombre y el ciudadano individual. Pero muy pocas veces fueron escuchados y sus ideas e intentos terminaron en el olvido.

No hay nada nuevo en la oposición al gobierno. La diferencia entre las teorías anarquistas de hoy y las diversas rebeliones políticas del pasado radica en que la teoría moderna, al mismo tiempo que condena los males inherentes al Estado, niega cualquier intención de reformarlo o crear un nuevo Estado. Dondequiera que el anarquismo ha reaccionado contra los abusos del gobierno, lo ha hecho de una manera correspondiente a la naturaleza de ese gobierno y puede decirse que el anarquismo de cada país es reflejo de su enemigo. Nadie debe extrañarse, por lo tanto, de que las formas más extremas del anarquismo contemporáneo se encuentren en Moscú. En Rusia, el Estado aún no se ha despojado de su carácter original, bárbaro y despótico hasta el extremo, brutal en sus métodos y torpemente organizado, que no intenta siquiera aparentar la menor preocupación por los derechos individuales y la vida humana. La oposición es reflejo del gobierno y de esto los terroristas son el ejemplo más notable. La barbarie de la bomba de dinamita es la respuesta a la barbarie de un gobierno cuya brutalidad organizada es una mancha para la civilización.

León Tolstói, el mundialmente famoso escritor y crítico moral, se proclama anarquista. Su pluma magistral es incansable al condenar al Estado, oponiéndole, con la irrefutable lógica de los hechos, el autogobierno espiritual de cada persona. Tolstói no ataca los abusos de los funcionarios irresponsables. No se trata, para él, de personas. El mal y la falsedad se encuentran en la naturaleza fundamental de la institución. Su conocimiento es demasiado preciso, su perspicacia demasiado penetrante para permitirle buscar un remedio en la reforma. Niega el derecho de cualquier cuerpo de hombres, incluso aquel que se autodenomina el Estado, a gobernar. El poder político en sí mismo, afirma, es la fuente de todos los abusos. Todas las injusticias se hallan invariablemente asociadas con el poder gubernamental.

Ninguna nación, antigua o moderna, ha sufrido como Rusia por la incompetencia y los crímenes de sus gobernantes. Alguien responderá que los gobiernos instaurados por los conquistadores españoles en el Nuevo Mundo fueron peores ya que, muy a menudo, condujeron al exterminio de las razas subyugadas Y también podrían citarse otros ejemplos de invasiones que concluyeron en exterminios. Pero lo singular del caso de  Rusia radica en el hecho de un despotismo implacable ejercido entre miembros de un mismo pueblo, nos hallamos ante un gobierno compuesto por gentes de la misma raza sojuzgada, con la misma cultura, las mismas  tradiciones y el mismo lenguaje, explotando y esquilmando sin piedad a su propia gente, agobiándola con impuestos asfixiantes, privándola incluso de la menor apariencia de libertad, afirmando su poder injusto y devastador a través de la ignorancia, la pobreza y la superstición que fomenta y mantiene. No es sorprendente, por lo tanto, que la mente más grande que Rusia ha producido, Tolstói, el escritor y vidente, emplee su genio en socavar la creencia en todo gobierno, en negar el derecho de cualquier autoridad sobre los cuerpos y las almas de los hombres. Habiendo observado el funcionamiento del Estado en su propio país y los efectos nefastos que produce, y comparándolo con otras formas de gobierno más libres, llega a la conclusión de que el mismo principio actúa tanto en una autocracia como en la más democrática de las repúblicas.

La única causa de que la autocracia en Rusia no haya caído es el miedo. El ejército y la marina se hallaban, hace muy poco, al borde de la revuelta. Ya no se podía confiar en que obedecieran al Zar. Privado de la fuerza bruta de las bayonetas, aterrorizado y acorralado,  el gobierno habló de constitución. Aún está por verse si esta pequeña estratagema no ha llegado demasiado tarde.[1]

En Inglaterra, después de siglos de oposición de las clases dominantes, el pueblo conquistó algunos derechos y un cierto grado de igualdad ante la ley. Desde Simon de Montfort hasta Gladstone podemos contemplar una extensa genealogía de reformadores que se apuntaron su artillería contra los abusos del poder político. Mal que bien, lograron limar las uñas de la fiera y reducir algunas de las más  bárbaras y primarias características del Estado. La igualdad ante la ley es hoy una idea que prevalece en todos los movimientos que se oponen a la clase dominante y, de este modo, el respeto por la ley como ley ha sido y sigue siendo la característica más singular de los movimientos ingleses de reforma política. Los más grandes filósofos ingleses no se cansaron jamás de señalar la incompetencia y la locura del Estado ni de defender la libertad completa del individuo. Un anarquismo prudente y pacífico ha sido la tendencia general de la oposición anglosajona. Al existir un relativamente mayor grado de libertad -grado que se ha ganado, es cierto, a través de siglos de lucha- la afirmación de los derechos individuales y la negación de la autoridad estatal se expresan en un lenguaje más moderado y buscan métodos pacíficos de reforma.

El radicalismo, que tanto influyó en la política inglesa durante gran parte del siglo XIX, buscaba reducir el Estado a unas funciones mínimas y se opuso a la invasión gubernamental de los derechos y libertades del ciudadano. En este sentido, por lo tanto, sus principios eran anarquistas. La filosofía política de Herbert Spencer es, en general, anarquista, incluso en sus puntos flacos. El fracaso del radicalismo sobrevino porque no podía percibir que su ideal de igualdad política era un imposible mientras se mantuviera la desigualdad económica e industrial. En su boca, la libertad era  la libertad de la clase propietaria, la igualdad era igualdad ante la ley para las diversas formas de ingresos. En un país donde los nobles terratenientes disfrutaban aún de muchos privilegios e inmunidades, era natural que otros propietarios, como los industriales y los comerciantes, apoyasen a una escuela política que denunciaba los privilegios y reclamaba igualdad de derechos. Era natural, también, que buscasen el apoyo del pueblo, y era natural, por último, que no llevasen su agitación hasta sus últimas consecuencias sino que la detuviesen cuando, a su vez, sus propios intereses se vieran amenazados. Así, progresivamente, el inicialmente vigoroso radicalismo se fue debilitando y volviendo obsoleto.

A medida que el trabajo formulaba sus propias demandas, de carácter netamente económico, el radicalismo, considerado hasta entonces como la corriente política más avanzada, dejó de atraer a la clase trabajadora. Surgió, en cambio, una vigorosa agitación socialista que exigía, entre otras cosas, la jornada de ocho horas y el pleno empleo provisto por el Estado. Su influencia en la opinión pública fue tan grande o mayor que la del radicalismo ortodoxo pero, a diferencia del mismo, parecía dispuesto a sacrificar la libertad individual en el altar de la igualdad económica.

Sin embargo, el individualismo característico del anglosajón, que se manifiesta en su desconfianza de la autoridad, incluso de aquella que se presente como paternal y bienintencionada, ha impedido, incluso después de un cuarto de siglo de agitación continua, que la clase trabajadora británica acepte por completo las doctrinas de la socialdemocracia. Aquellas teorías comunistas que tanta aceptación encontraron en el proletariado francés y que, en general, han influido fuertemente el movimiento obrero en toda Europa, nunca se han afianzado entre las masas inglesas. El tradeunionismo conservador, por el contrario, al apelar a la iniciativa autónoma, la organización voluntaria y la autoayuda, goza de mejor salud, pues los resultados que obtiene provienen de su propia fuerza y no de la legislación.

En Inglaterra, el movimiento cooperativo ha tenido éxito en la medida en que ha trabajado dentro de una esfera claramente definida y sin apartarse de políticas puramente individualistas. Por otro lado, el comunismo y el socialismo revolucionarios, que con tanta fuerza han prendido entre las clases trabajadoras de la Europa Continental, no logran, en Inglaterra, convencer ni entusiasmar a las multitudes. Se habla bastante de los deslumbrantes éxitos del socialismo municipal pero no hay ningún genuino socialista que se deje impresionar por ellos. Los principales beneficiarios de estas empresas cívicas son los pequeños comerciantes y la pequeña burguesía, que pagan menos impuestos gracias a la aplicación de los beneficios municipales a la reducción de las tasas.

El socialismo, como ya dijimos, sacrificaría la libertad individual en el altar de la igualdad económica. Pero la visión anarquista no acepta esto y proclama que tanto la libertad política como la libertad industrial son pasos indispensables hacia la igualdad económica. No existe, por lo tanto, base alguna para aquella noción tan difundida según la cual el socialismo y el anarquismo son ideas estrechamente relacionadas, si no idénticas. Si bien hay mucho en común, hay una diferencia fundamental entre los dos principios. El socialismo conduciría a la centralización y la dependencia de la autoridad. El anarquismo impulsa y tiende hacia la descentralización y la autosuficiencia. En nombre de la sociedad, el socialismo regularía, impondría, definiría y ordenaría. El anarquismo, por otro lado, permitiría a cada individuo descubrir por sí mismo lo que le conviene, sin restricción ni coacción. Mediante la ley y la autoridad, el socialismo establecería la igualdad y haría de cada ciudadano un hombre trabajador, bueno y próspero, independientemente de sus particulares necesidades, inclinaciones o habilidades. El otro mantendría la completa igualdad de derechos y oportunidades, dejando que cada persona, individualmente o en asociación con otras, resuelva su propio destino de acuerdo con sus capacidades, temperamento y deseos.

Bajo los más diversos nombres y aspectos, éstas son las tendencias que, sin cesar, moldean a la sociedad, las instituciones y los individuos. Existen ciertos factores que ayudan u obstaculizan a una a expensas de la otra. La más notable de ellas es, qué duda cabe, la guerra. Sea cual fuere su causa, fortalece el poder del gobierno a expensas de los derechos individuales, aumenta la burocracia, fomenta el paternalismo y debilita cualquier oposición al poder. Existe, por ejemplo, bajo el militarismo alemán, un fuerte movimiento socialista cuya influencia sobre la clase trabajadora no ha cesado pese a la represión gubernamental. Pero el socialismo alemán reproduce, de una manera escandalosa, muchas de las características más detestables del régimen que busca derrocar. Se produce aquí el mismo caso de Rusia, donde la oposición al orden existente está moldeada por el sistema. Inconscientemente, el movimiento socialista incorpora muchas de los vicios que tan vigorosamente denuncia en sus enemigos. Su enseñanza es tan dogmática y sus métodos son tan intolerantes como los de la secta religiosa más obtusa. Sus líderes y organizaciones son tan autocráticos como el propio Káiser.

La censura, la expulsión y la excomunión de los independientes son tan necesarias para preservar la disciplina y la ortodoxia del Partido Socialista como lo fueron alguna vez para la Iglesia de Roma.

También en los Estados Unidos el resurgimiento del militarismo como consecuencia de la Guerra con España y la conquista de las Filipinas ha sido acompañado de un clamor cada vez más vigoroso en favor de un paternalismo de amplio alcance. Se comenzó  por plantear la  propiedad pública como la panacea  para la corrupción y el monopolio corporativo en nuestras grandes ciudades. A esta demanda siguió la del control federal de los ferrocarriles, las compañías de seguros y las corporaciones industriales. A medida que estas tendencias se hagan fuertes, el ejecutivo aguzará las orejas y nuevamente campeará por sus respetos, moldeando las políticas públicas, el viejo e histórico Partido Proteccionista. Los partidos existentes tienen unos principios de notable elasticidad y no son muy capaces de defender posturas impopulares. Ambos están igualmente dispuestos a conceder privilegios injustos a cualquier grupo lo suficientemente poderoso como para influir en las políticas públicas o -lo que es lo mismo- para que no convenga enfrentarse con él.  Promulgar leyes federales contra las corporaciones ricas parece, para nuestros vigorosos estadistas, mucho más fácil  que ir a la raíz del problema y extirpar los privilegios legales que permiten a los monopolistas extraer un tributo injusto.

Si bien es verdad que la influencia de los socialistas como partido es pequeña y que, por lo menos en este país, están muy lejos de alcanzar poder político, existe una peligrosa tendencia  hacia una interferencia cada vez mayor de las agencias gubernamentales en todas las esferas de la vida. Si esta tendencia se desarrolla sin control, conducirá a la propiedad estatal del transporte, por lo menos. No porque este monopolio resulte beneficioso en lo más mínimo sino, más bien, porque una irresponsable regulación oficial inevitablemente convertirá el sector en un "campo minado" para las empresas privadas.

¿Puede admitirse que un pueblo que, mediante el coraje, la industria y el esfuerzo asociados, ha conquistado en el transcurso de dos o tres generaciones un vasto continente, pueda ser incompetente para administrar sus propios asuntos? ¿Creemos de verdad que necesita entregar a un sistema gubernamental cuya ineficacia ha sido ya ampliamente demostrada en sus propias funciones, creemos, digo, que ese pueblo necesita entregarle la gestión de las industrias y actividades que forman la fuente de su crecimiento y prosperidad? Declarar esto es declarar a nuestro progreso y nuestra civilización como un fracaso, a nuestra raza como degenerada, a nuestro futuro como un triste retroceso y a nuestra propia existencia como un desastre monumental. Es necesario ser terriblemente pesimista, carecer por completo de fe en la gente y en sus posibilidades para aceptar esta visión. Ante este problema, "el futuro de nuestra civilización", la visión anarquista es mucho más esperanzada y tranquilizadora.

A esta visión pesimista se le puede contraponer un hecho muy simple, que puede considerarse como una plena manifestación del espíritu anarquista. Este hecho es nada más y nada menos que el crecimiento prodigioso que, en unas pocas décadas, ha experimentado, en los más diversos campos, la asociación voluntaria. Impulsados por objetivos comunes, los individuos se unen en sociedades locales,  nacionales y, por último, internacionales. El comercio y el trabajo, la ciencia y el arte, la música y el deporte; en una palabra, todas las actividades humanas, persiguen sus diversos  propósitos mediante la asociación voluntaria.

Sólo una pequeña parte de los esfuerzos asociados de los hombres es dirigida por el gobierno. ¿Pueden todas las funciones del gobierno juntas compararse en importancia o extensión con aquellas de las que se ocupa la cooperación voluntaria? Sin embargo, damos una importancia tan desproporcionada a las relaciones del Estado con el individuo que, para una mente promedio, es inconcebible que las funciones del Estado puedan ser desempeñadas, con mayor eficiencia y menores costos, por asociaciones voluntarias y no coercitivas.

 

Otro ejemplo de organización voluntaria lo ofrece, en América, la vida religiosa. Hubo una época en la que se afirmaba que la religión no podría existir sin el apoyo y la autoridad del Estado. Sin embargo, nadie puede afirmar hoy que la extensión o la influencia de la religión es menor en los Estados Unidos que en aquellos países donde la misma está subsidiada por el gobierno. Vemos en nuestro país a las diversas iglesias trabajando sin chocar entre sí. Las contribuciones voluntarias son suficientes para sostenerlas. El costo del mantenimiento corre a cargo de quienes reciben el beneficio. Nos encontramos, pues, ante otro excelente ejemplo del método anarquista aplicado en la práctica. En aquellos países en los que la religión recibe aún el apoyo estatal, crece la agitación a favor de la libertad.

En todas partes gana terreno la demanda de instituciones más libres. La literatura ha tenido en esto una influencia poderosísima. Su efecto en la opinión pública es, actualmente, mucho mayor que en el pasado. Responde con natural facilidad a las necesidades del alma humana y, del mismo modo que las olas erosionan las rocas más grandes y antiguas, la literatura disuelve concepciones superadas, prejuicios y errores y, al mismo tiempo, comienza a construir nuevas ideas, esperanzas y aspiraciones.

Examinemos algunos ejemplos del espíritu anarquista en la literatura. El trabajo de Ibsen, el más grande de los dramaturgos modernos, está impregnado de un propósito constante. En todas sus obras analiza la manera en que la autoridad, las costumbres, las creencias y las instituciones esclavizan al hombre civilizado. Su gran idea es que el individuo debe ser libre de actuar en todos los ámbitos de la vida social sin verse limitado por ideales falsos, por un sentido del deber mal entendido o por la tiranía de la opinión pública. Para Ibsen, el valor moral que permite al individuo ser libre, mental y moralmente libre, y desafiar las supersticiones, prejuicios y costumbres, es la más rara pero, a la vez,  la más esencial de las virtudes. Sin ella, el sufrimiento, el fracaso y la infelicidad se multiplican. Cuando exhibe las causas que estancan, embrutecen o hacen retroceder al individuo, lo hace para indicar el mejor curso. Ibsen nos dice que no temamos desafiar la ley, las costumbres o la autoridad estatal si se oponen al libre desenvolvimiento del carácter humano. Tal es el mensaje de este gran artista cuya influencia se nota en dramaturgos como Sudermann, Maeterlinck, Hauptmann, Octave Mirbeau y George Bernard Shaw, cuya obra también denuncian las leyes, costumbres e instituciones contrarias a la libertad.

Tanto en su heroica defensa de la justicia y la verdad en el caso Dreyfus como en su trabajo posterior, Zolá impulsó poderosamente en Francia la causa de la libertad personal  contra la burocracia y el clero. En Alemania, el orden existente -intelectual, moral y gubernamental- no se ha recuperado aún de los magistrales ataques de Nietzsche, un genio y un anarquista cuya influencia crece sin cesar tanto en su país como en el extranjero.

 El mismo anhelo por una libertad individual sin restricciones por los códigos sociales del pasado impregna la moderna literatura inglesa. Aparece en los escritos de los consagrados George Meredith y Thomas Hardy, así como en los de George Gissing, a quien el tiempo hará justicia, a pesar de no haber obtenido tanto éxito inicial. Gissing exhibió en sus obras el despertar del pensamiento autónomo del individuo contra unas instituciones e ideas que ya no poseen ninguna utilidad. En los tres nos impresiona, tanto como su arte, su sinceridad en el tratamiento del problema social fundamental del conflicto entre la sociedad y el individuo. En los tres aparece el cuestionamiento de la autoridad, la afirmación de que debe ser el individuo, no la ley ni la costumbre, quien decida lo que es correcto, lo que constituye la acción moral.

Este mismo impulso, esta misma rebelión intelectual de nuestra época, se puede apreciar también en los autores menores y en la literatura de simple entretenimiento.

Aunque pueda parecer patriotero y de mal gusto, también es necesario mencionar algunos escritores estadounidenses contemporáneos que ilustren esta tendencia. Existen dos grandes fuerzas literarias que, simplemente, no podemos ignorar. Para los observadores  extranjeros, Whitman es, por excelencia, el poeta de la democracia americana. Su fuerte individualismo, su glorificación del hombre y la mujer promedio, su desdén por la moral convencional, encuentran, progresivamente, un reconocimiento más amplio y más comprensivo. En su poesía latió siempre un fuerte reclamo por una libertad sin compromisos  y por  oportunidades ilimitadas para el desarrollo individual. Fue el poeta y el cantor de la libertad, la igualdad y la justicia. Las leyes, costumbres y convenciones, los gobiernos, y los gobernantes, los códigos morales, en fin, todo este pesado fardo autoritario con el que carga la sociedad, debe ceder ante las demandas de una virilidad y feminidad libres, vigorosas, sensatas, nobles y compasivas.

También con Thoreau, como con Whitman, se cumplió aquello de "nadie es profeta en su tierra" y fue reconocido en el extranjero antes que en los Estados Unidos. Hoy, incluso las autoridades más conservadoras lo reconocen como un escritor único y un clásico nativo. No parecen advertir, sin embargo, que Thoreau es, de todos los grandes escritores estadounidenses, el más claramente anarquista. Ni siquiera Emerson llegó tan lejos en su desafío a todas aquellas leyes y costumbres que se interpusieran en el camino del individuo. Thoreau era el anarquista por excelencia. No se inclinó ante ninguna autoridad y negó el derecho del Estado a exigir su apoyo. Se negó a pagar impuestos y fue a la cárcel por ello. Todo aquel que desee estudiar la espontánea tendencia anarquista en la literatura contemporánea y estadounidense debe sin duda, estudiar a Thoreau.

Tendencia espontánea, en efecto, no un movimiento explícito ni una agitación efímera. Proudhon, el periodista francés, fue uno de los pensadores más originales de su tiempo. Pionero anarquista, hasta hoy incomprendido y difamado. No dejó seguidores en un sentido estricto. Tampoco lo reivindica ninguno de los numerosos partidos de la izquierda francesa. Pero sus escritos se siguen leyendo y siguen influyendo, por mucho que les pese a sus detractores.

Otro francés, un  distinguido científico, Elisee Reclus, fue toda su vida un anarquista confeso. Su hermano Elie, también un notable geógrafo, compartió sus puntos de vista.

Desde otras latitudes, desde el mismísimo Palacio Imperial de San Petersburgo, aparece otro notable anarquista, el príncipe Piotr Kropotkin, cuyas investigaciones le han dado, también, un lugar destacado entre los hombres de ciencia. A su vez, sus obras como pensador social han sido traducidas a varios idiomas. Por su entrega desinteresada a la causa de la justicia, se ha ganado el respeto general y el amor de la clase trabajadora de todo el mundo y ha sido un ejemplo para muchos. Una vida capaz de inspirar y motivar así a otras vidas no ha dicho aún su última palabra y seguramente dará que hablar en el futuro.

Entre las fuerzas que alimentan el espíritu anarquista no podemos ignorar a la ciencia. La investigación de los hechos crea, necesariamente, una actitud mental que cuestiona la autoridad a cada paso. Nada es sagrado sino la verdad e incluso la verdad es relativa y siempre puede ser absorbida en una concepción más amplia. Todo genuino estudiante de las ciencias naturales es un anarquista incipiente. Debe desechar toda autoridad impuesta, confiar en sí mismo y aceptar sólo lo que es capaz de probar. Al abordar el estudio de las cuestiones políticas y sociales, la mente científica necesariamente rechaza todo ese montón de afirmaciones unilaterales, verdades a medias y frases demagógicas que forman el día a día de la opinión política popular. La mente científica encuentra que los principios partidarios consisten en intereses de clase, ambiciones personales y el deseo de una mitad de la gente de gobernar la otra mitad. El buscador imparcial de la verdad encontrará que en la vida pública no existen altos ideales ni amor por el bien común. Al observarlo de cerca, el Estado nos muestra su verdadero rostro. Lejos de ser el guardián de los débiles y el administrador de justicia, se nos aparece, más bien, como el arma de los fuertes, los astutos y los ambiciosos. A pesar de su forma democrática, el actual gobierno, tal como los gobiernos absolutos del pasado, es una organización policial de las clases propietarias para la defensa de sus privilegios De no existir esta necesidad de defender los privilegios de la propiedad por la fuerza, el Estado no tendría razón de ser.

La glorificación del Estado como una especie de providencia omnisapiente no tiene fundamento histórico ni lógico. La creencia quijotesca de los socialistas en la captura del Estado por el proletariado, la expropiación de la burguesía y la dirección de la economía por el mismo Estado según  principios colectivistas es tan económicamente defectuosa como quimérica.

Cuando la inteligencia promedio haya comprendido y asimilado los principios de la justicia, cuando las personas hayan logrado su independencia económica, consecuencia inevitable de la evolución social, entonces el Estado habrá quedado obsoleto, su función histórica como guardián de la propiedad capitalista habrá terminado y, por lo tanto, deberá dejar paso a una nueva organización social basada en el principio voluntario, cooperativo y no coercitivo.



[1] Escrito en 1906. Alude, sin duda, a la Revolución de 1905, oleada de huelgas y motines que anticipaba la de 1917.


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